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La Habana a todo color

Por IWC
Fotos: Elio Miranda

Los edificios, los personajes, las historias que se enlazan con gracia unas, ironía otras, son la creación de estos dos artistas: Ivette Cruz y Pablo Laucerica, ceramistas; licenciada en Matemática ella, graduado de Artes Plásticas él.

Pablo Laucerica
Pablo Laucerica.

¿Cómo surgió el deseo por la cerámica?

“Fue en el quinto año de mi carrera”, dice Pablo. “Allá en Matanzas había un taller en la escuela con todas las herramientas necesarias, unos profesores que sabían un mundo y poco a poco me fueron creando ese interés por la artesanía. Antes me dedicaba específicamente a la pintura, pero hallé en la cerámica nuevas posibilidades que explotar, Podía conseguir expresiones que me atraían, texturas y mucha, mucha sorpresa. Al principio cada obra era un enigma, al sacarla del horno los colores podían haber cambiado por el calor o el tiempo de exposición. Era una ingenuidad hermosa. Algo que me llevaba a experimentar y tanto fue así que terminé inmerso completamente en ella”.

“Yo comencé ayudándole, confiesa Ivette. “Descubrí que tenía aptitudes manuales, sobre todo las miniaturas. Pablo estaba trabajando y yo me sentaba a su lado y él me pedía: “Haz esto o lo otro”, y poco a poco se me fue colando el bichito de la creación. Pronto, moldear se me fue haciendo indispensable. Me despertaba e iba con Pablo a trabajar. Pasaba horas y horas con el barro y luego a la espera de ver cocida la obra. No pasó mucho tiempo para descubrir que no solo éramos pareja en el amor, sino también en el arte. Fue, al menos para mí, como pasar de la teoría a la práctica. De las noches, las conversaciones y las exposiciones, a la creación. Todo un mundo nuevo, con infinitas posibilidades, se abría ante mí”.

¿Pareja indispensable?

“Las obras nacen en conjunto y son únicas”, dice Pablo. “Ambos concebimos los sucesos que nacen en los balcones, la calle, los interiores. Es tejer una historia tridimensional con la cual nos divertimos mucho y le ponemos toda nuestra creatividad. Ninguna pieza sale sin que estemos conformes con ella. Nada nos apremia, quizá ese sea el secreto.”
“Nos sentimos felices y a la vez dependientes el uno del otro”, aclara Ivette. “Cada obra es de los dos, nace de nuestras manos y nuestras ideas. Tanta es la relación que el espacio lo llenamos, prácticamente, sin necesidad de explicaciones. Es como si ya supiéramos cada cual por separado lo que el otro piensa y, te confieso, nos divertimos sobremanera. A la hora de conformar los personajes sentimos como si escribiéramos, como si reflejáramos una Habana indispensable, una Habana graciosa, peculiar. Un sitio en el mundo sin necesidad de ser fotográficos. Ahí esta la esencia de nuestra obra. Quien la ve sabe que esa es La Habana, que no puede ser otro lugar”.

¿Son sus edificios souvenirs u obras de arte?

“Todo depende del canal de comercialización que se le dé a la obra y a lectura que se le haga”. Es Pablo quien toma la palabra. “Y te digo, es tan lícito lo uno como lo otro. Es una necesidad de expresión que poco tiene que ver con el cartel que le cuelguen. Hemos tratado de llevar el naïf a un modo de hacer contemporáneo. Retratar nuestra Habana de la manera que nosotros la vemos. Lo importante es el público que la ve y le gusta, no importa cómo la cataloguen. Muchos se detienen y pasan un buen rato disfrutándola, riendo o reflexionando.

“Por otro lado, ya que me preguntas acerca del souvenir, te diré que tenemos una concepción acerca del tema. Muchos de los grabados, incluso saleros, jarrones, ceniceros, fueron considerados en una época souvenirs y hoy se les considera obras de arte.

“Además, ahondado en el tema, te diré que nuestras obras no dicen Cuba por ninguna parte, no hace falta, el color local está ahí presente. No es otro lugar, es nuestra tierra la que está reflejada y como dijo Howard Larsson, toda universalidad empieza por el reflejo del color local. No sé cómo nos definan en un futuro. Solo te digo que hacemos nuestro arte más allá de toda pretensión”.

Ivette Cruz.
Ivette Cruz.

¿Inspiración?

“Tenemos el privilegio de vivir en el piso doce de un edificio en Alamar” dice Ivette. “Desde ahí puedes ver todo tu entorno la playa y sobre todo, el resto de los edificios. Analizando, pienso que de ahí provenga la fuente primaria de la inspiración acerca de la construcción de nuestras obras. Eso y un gran amor por nuestra ciudad. Nos encanta la arquitectura colonial, las calles de La Habana son una suerte de iluminación, no solo sus edificios, sino su gente. Hay veces que vamos por la calle y ocurre algo que luego plasmamos en uno de nuestros edificios, la gente piensa que es invención, pero no, algunas las hemos visto y simplemente las hemos llevado hacia nuestro arte. La Habana es una gran fuente de inspiración.

“Plasmamos lo cubano en ella porque ella es cubanísima, es ella, es rica, es…mágica.

“Ha sido un largo camino principalmente de experimentación y descubrimiento individuales. Nos hemos conocido tristes, cómicos, eufóricos o molestos a través de nuestras piezas; es inevitable transmitirles el estado de ánimo, nuestros deseos y anhelos pero siempre pretendemos que sea gracioso, tal vez porque esa sea una característica del cubano: la gracia natural, la risa a toda costa. Y ahí está nuestra principal inspiración: los cubanos”.

¿Alegrías?

“Nuestra mayor alegría es la obra misma. La satisfacción de tener un público amplio que la valora y la disfruta”, afirma Pablo. “Saber que cada pieza salida de nuestro taller es la pieza que queremos. El deseo de hacerlas y sentir la misma emoción de continuar experimentado con ellas.

“Alegrías son muchas, aunque quizá la principal sea que estamos juntos reproduciendo La Habana a todo color y por supuesto, para todos”.

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