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Acercándonos al Cantor del Niágara
Por
Matilde
Salas Servando

La obra de Heredia es una presencia
indispensable en las antologías de la poesía
latinoamericana del siglo XIX.
(Foto: Archivo) |
El último día de diciembre
de 1803 nació en la oriental ciudad de Santiago de
Cuba el bardo José María Heredia y Heredia,
uno de los más destacados poetas del siglo XIX, por
la copiosa obra y la calidad de sus composiciones.
Su formación estuvo
marcada por la vida y costumbres adquiridas bajo diversos
cielos, y la influencia que sobre él ejercieron sus
padres, de origen dominicano. A los tres años vivió
en la ciudad de Pensacola, en Estados Unidos, luego en La
Habana y de ahí pasaron a República Dominicana.
El padre fue nombrado oidor de la Audiencia de Caracas y a
la edad de nueve años, José María pasó
a residir en Venezuela.
Los diversos cambios no impidieron que estudiara
con regularidad, pues su progenitor José Francisco
Heredia, se encargó de su iniciación humanística,
al punto que a los ocho años era capaz de traducir
obras del poeta latino Horacio.
Su acercamiento y amor a la poesía
se aprecia desde su adolescencia, pues ya en 1816 aparecieron
sus primeros poemas manuscritos, cuando estudiaba Gramática
Latina en la Universidad caraqueña.
Al regresar a La Habana siguió los
pasos de su padre y comenzó a estudiar Leyes, pero
simultáneamente actuó en representaciones en
Matanzas
de su obra “Eduardo IV” y también compuso
la tragedia “Moctezuma” y el sainete titulado
“El campesino espantado”.
De nuevo Heredia viajó y fue a México,
donde reinició los estudios de Leyes, colaboró
en publicaciones periódicas y reunió sus composiciones
poéticas en dos cuadernos, hasta que al morir el padre,
volvió a La Habana, se graduó de bachiller en
Leyes y fundó la revista Biblioteca de damas, de corta
aparición.
Durante su estancia en Cuba, lo denunciaron
en Matanzas por conspirar contra España y ser miembro
de los Caballeros Racionales, una rama de la Orden de los
Soles y Rayos de Bolívar. El gobierno dictó
una orden de prisión contra Heredia, quien embarcó
clandestinamente hacia Boston y de ahí fue a varios
sitios de Estados Unidos, entre ellos las cataratas del Niágara.
La llamada “Oda al Niágara”
merece mención aparte, pues ante la grandiosidad de
la naturaleza el poeta quedó gratamente sorprendido.
En el libro de visitantes existente en el lugar escribió
de un tirón esta obra, ejemplo de su calidad creadora.
De nuevo en México, Heredia ocupó
diversos cargos gubernamentales de gran importancia y paralelamente
se dedicó a la creación literaria, que dio a
conocer en diversas publicaciones periódicas de la
época.
Por esos días se desempeñó
además como catedrático y conspirador, lo que
acompañado de una sobrecarga de trabajo le llevó
va a una actitud de gran desaliento, que aumentó con
sus serios problemas de salud y la muerte de su hija Julia.
La grave enfermedad de su madre le hizo
escribir una carta en abril de 1836 al Capitán General
de la Isla de Cuba don Miguel Tacón, en la que se retractaba
de sus ideales revolucionarios, pues sabía que sólo
así recibiría el permiso para regresar del exilio.
Concedida la autorización llegó a La Habana
en noviembre de ese año, pero sus antiguos amigos desaprobaron
su actitud y rehuyeron su compañía.
Dos meses más tarde, en enero de
1837, volvió a México, pero ya había
perdidos influencia política en el lugar y de Ministro
de la Audiencia pasó a ser un simple redactor del Diario
del Gobierno. También realizó una amplia tarea
como traductor de inglés, francés, italiano
y latín para compensar sus grandes problemas económicos,
hasta su muerte ocurrida en Ciudad México el 7 de mayo
de 1839.
Medio siglo después, en Nueva
York, José
Martí, quien admiró con verdadera pasión
a José María Heredia, pronunció un memorable
discurso, considerado una de sus piezas oratorias más
perfectas, en el que da a conocer su gran conocimiento y devoción
por el poeta santiaguero.
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