| Carlos
Enríquez, el gran incomprendido
Por Matilde
Salas

El pintor cubano Carlos Enríquez.
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Carlos Enríquez, uno de los íconos
de las artes plásticas del siglo XX en Cuba, tuvo una
vida fugaz y una gloria imperecedera, como lo demuestran obras
que fueron muy reconocidas por la crítica de la época,
debido al esmero, cuidado, calidad y celo que puso en cada
una de ellas.
Nacido en el seno de una familia
de amplios recursos económicos en el poblado villaclareño
de Placetas (3 de agosto de 1900), después de titularse
como bachiller a los 19 años, le enviaron a la ciudad
de Filadelfia, en Estados Unidos, para estudiar ingeniería.
Pero su fuerte vocación artística lo llevó
a la Escuela de Bellas Artes de Pennsylvania, de donde lo
expulsaron por rechazar la disciplina y la enseñanza
convencional de los profesores.
En ese país se casó con la
norteamericana Alice Neel, y poco después regresó
a su tierra natal, para dedicarse a pintar con verdadera intensidad.
Por el afán y la maestría demostrados en el
mundo del arte, se le considera un importante miembro de la
primera generación de artistas cubanos modernos. Así
lo evidenció su presencia en la Exposición de
Arte Nuevo, celebrada en 1927, aunque dos de sus obras, que
representaban desnudos femeninos, fueron retiradas de la muestra
bajo la acusación de tener “un realismo exagerado”.
Desde entonces trabajó con ahínco
para presentar su primera muestra personal en 1930, que fue
muy bien acogida por la crítica especializada, y luego
partió a Europa en la búsqueda de un estilo
propio, poblado de mitos y leyendas, que habitaban en lo que
se considera por los especialistas como la zona mágica
de su pintura,
Fue de los primeros artistas cubanos que
penetró en el llamado arte de vanguardia, y al regresar
a la isla en 1934 quiso exponer una muestra de sus obras en
la Asociación de Reporteros de La Habana; pero la directora
del centro negó el permiso que previamente había
otorgado y tildó sus obras de “inmorales e impropias”.
Por esa época, Carlos Enríquez
se estableció definitivamente en Cuba, y en un abierto
contraste con el medio burgués en el que se desarrollaba
entonces, presentó una exposición en la Sociedad
Lyceum de La Habana, que fue clausurada horas después
de su apertura, por el audaz tratamiento del desnudo femenino.
A partir de ese momento empezó a reflejar en sus obras
la realidad histórico-social de Cuba.
En 1935 pintó cuadros famosos como
"Manuel
García, el rey de los campos de Cuba", premiado en
el Salón Nacional de ese año, y luego, "El
rapto de las mulatas", galardonado en 1938. Se destaca
también el titulado “Campesinos felices”,
considerado entre sus obras de denuncia social, y otras no
menos importantes, como “La ahogada”, “Dos
Ríos”, “Isabelita”, “Mujer
de mármol”, “Hijas de las Antillas”,
“Atarés”, “1926” y “Hornos
de carbón”, por solo mencionar algunas.
Muchas de esas importantes obras fueron
realizadas en el taller que abrió en su finca Hurón
azul, situada en las afueras de La Habana, donde residió
hasta su muerte, el 2 de mayo de 1957. Hoy ese inmueble está
convertido en un museo.
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