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Minisitio sobre la Jornada Internacional por la liberación de los cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos por su labor antiterrorista.

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¿Cómo matar un fantasma?

¿Cómo matar un fantasma
—ilusión de los sentidos—
si te lleva de la mano por imprevistos
por vírgenes tierras del pensar o del sentir
por el pan que es el pan
y el vino que es el vino?

¿Cómo matar un fantasma
que fantasma al fin te invade
te rodea
se te pierde y se pierde
pero no se te apaga?

¿Cómo matar un fantasma
que te sueña y lo sueñas
que te golpea y lo vences
que lo arrullas y arrojas
que es todo y se te acaba
y vuelve a serlo todo?

¿Cómo matar un fantasma sino dejando de crecer?
¿Cómo matar un fantasma sino dejando de crecer?
y de creerte?
¿Cómo matar un fantasma sin morir?

Estoy a ochocientos pies de altura. La puerta del AN-2 (avioneta de las que se usan para la fumigación) está abierta. Me queda justo al frente. El piloto hace girar la “nave”, ladea y ante mí las cuadrículas de los campos cultivados: rayas, por tramos rectas y, por otros, sinuosas, pasan ante mis ojos; se cruzan, hacen un nudo, se pierde en todas direcciones…Cuesta creer que sean carreteras. Los autos son hormigas.

Un cosquilleo me recorre el cuerpo en una mezcla de éxtasis con pánico, que provoca inevitablemente ese abismo añorado. Me siento como la primera vez que pipo me montó en un bote para pescar en las afueras de la bahía, o como el día de mi estreno declarando el amor a una muchacha: María Caridad.

Ya mucho antes había tenido utópicas novias; desde tercer grado nada menos. Mi primer texto extraescolar fue una carta a Elsita, donde le copiaba la letra de El día que me quieras—que conocía desde la ducha de padre y más tarde supe que pertenecía al gran Carlos Gardel—; mi aporte consistió en colocar, al pie de mi nombre, un “te quiere” y pintarle un corazoncito. Se lo dejé en su pupitre, pero nunca recibí señales suyas. Luego vinieron otros romances más avanzados. Llegaba alguna niña—mientras jugaba al puño en el receso—y me soltaba a boca de jarro: —Dice Tatiana que si quieres ser su novio.
Yo afirmaba con la cabeza, sonreía apenado y me preguntaba para qué en las películas complicaban tanto los romances, con lo simple que era aquello.
María Caridad —mi María— fue ya la conquista directa, la prueba de fuego personal. Veníamos juntos desde tercer grado y estábamos en sexto. Me sentía cada vez más atrapado por sus grandes ojos de un pardo amarilloso, en extremo expresivos y por su boca, amplia y jugosa en la que despuntaban dos dientes fríos —como conejita— considerables; al punto de que su grueso labio inferior no los podía apresar.

Un buen día se enfermó Vitico y ella ocupó su pupitre a mi lado; desde entonces empecé a hacerme el chistoso en el aula, a intentar respuestas alocadas —pensaba yo, geniales— y a abstraerme con los vellos de sus brazos. Me embobecía verla escribir. Ella me pedía la goma o que le sacara punta a su lápiz y yo suspiraba por el más mínimo roce de sus manos.

Comenzó a acompañarme en el trayecto de vuelta a mi casa —tres cuartos de cuadra; me extraño, porque María siempre tomaba otro rumbo, ¿se habría mudado? No me atrevía a preguntarle. Apenas intercambiábamos dos o tres oraciones relacionadas siempre con alguna asignatura o si fulanito era pesado o menganita una orgullosa. Hasta el día en que me llené de valor, sería mi primera y más osada conquista.

María iba a mi lado, con la carpeta apretada contra su pecho, y caminaba tan despacio que apenas avanzábamos. Me puso una mano en mi hombro, para detenerme, y me dijo:

—¿Tú no estás enamorado de nadie?

Tomado por sorpresa, se me doblaron las piernas. Respiré profundo, acepté el desafío y, de sopetón, lance mi respuesta:

—Sí.

—¿Está en la escuela?

Algo repuesto, pero sintiendo el calor de acercarme a la candela, la miré:

—Sí.

— ¿Está en sexto A o en sexto B?

—Tuve que elaborar mejor la respuesta. Urgía ser preciso, mas las palpitaciones iban tan aceleradas que casi me ahogaba:

—En… sexto B.

Ella, sonriente, como sintiendo ganada la batalla, expresó:

—¿En el aula? Entonces yo la conozco.

Aquí lo pensé un poco; su mirada, con una picardía que nunca le había visto, me intimidaba, por lo que retorné a mi bocadillo preferido:

—Sí.

Llegó una pausa en la que nos mirábamos y des-mirábamos; dábamos dos pasos, nos deteníamos (todo a destiempo). Yo quería que me tragara la tierra; bueno, era hombre o qué. No me quedaba más remedio que asumir. María, algo nerviosa también, reía y me pinchaba:

—¿Qué te pasa, muchacho?, ¡acaba de decirme quién es!

Traté de sostenerle la mirada, pero bajé la vista. Si aquel silencio demoraba unos segundos me caía de rodillas; así que, más por salir de esa situación que por haberme llenado de valor, le solté de golpe:

—Eres tú, María.

Me quedé paralizado cuando dije aquello; ella sonrió, pegó sus labios a los míos, instantáneamente, y se echó a correr. Esa tarde no jugué pelota, no comí, ni vi los muñe; fui directo a mi cuarto y me acosté a repasar la secuencia desde infinitos tiros de cámara. María era un cataclismo que me revolcaba la existencia.

Todo el universo parecía girar en torno a aquel momento que me enclaustraba en las más ancestrales filosofías: ¿quién soy? —y reía como loco— ¿quién soy? —y cantaba bajito imaginando diálogos donde nos soltábamos cualquier cantidad de cursilerías…—¿quién soy?—, soñando repetir aquel suceso mientras ensayaba estilos de abrazos y caricias de mis películas preferidas. Desde entonces sé que uno empieza a ser otro tras un beso.

Las caras de mis compañeros muy tensas. El Billy me da un codazo y me hace una mueca mientras encoge sus hombros: quiere saber de qué me reía; pero no es el momento de hacerle la historia de María Caridad. Todos están absortos en una idea fija: no puedo “apencarme”, tengo que saltar. Así que el devuelvo la mueca negando con la cabeza. El momento se acerca. El único que parece divertido con el vuelo —el maestro de saltos— está de pie asoma al vacío y le hace señas al piloto que tiene la puerta de la cabina abierta: —Gira un poco hacia la izquierda.

La avioneta se inclina. ¿Quién me habrá mandado a meterme en esto? ¿Habré doblado bien el paracaídas? Bastante que nos insistió el teniente con eso de que la vida de uno dependía de hacer bien cada paso; pero éramos los “bárbaros” y lo tomamos como un juego. ¿Tú no querías aventura? Aquí la tienes…

¿Se te van a aflojar las piernas ahora? Si empaqué mal, ya no hay remedio; si hay algo supranatural aquí arriba, que me ayude…Bueno, ¿eres marxista por fin o no? Te dices ateo y, a la hora de los mameyes, cuando la cosa se pone fea, acudes a los santos: ¿en qué quedamos? Es que hay tantos creyentes en el mundo… por algo debe ser. Hay muchísimos dioses también…, todos moldeados a imagen y semejanza de la cultura que los asume… ¿Qué me cuesta creer, por si acaso? ¿Es honesto refugiarse en una ignota fe cuando se está ante un peligro? Las religiones han sido en esencia eso: la búsqueda de un apoyo cuando la cosa se pone mala, o ante fenómenos inexplicables
—o no explicados aún—; a lo que habría que sumarle los que han vivido del cuento explotando a los otros, aprovechándose de la ignorancia. Los tramposos habrían de ser los primeros castigados. También es una de las maneras de aunar, de invocar a patrones morales, a veces hermosos.

Todo ser necesita creer en algo, en alguien, sea real, divino o utópico. Hasta ahora siempre he creído en la ciencia, en el ser humano y también, o, básicamente, en un reino futuro de igualdad, justicia y fraternidad. Pero, ¿si tuvieran razón los creyentes?, ¿y si existe algo?... Es un apendejamiento mío estar pidiendo a esta hora a algún poder místico que me tire un cabo. ¿Qué te pasa? ecuanimidad es lo que necesitas ahora; y decisión. Saltar, y a lo que sea. Recuerda: cuentas una casa, dos casas, tres casas… y, si no se ha abierto el automático, tiras de la anilla; no antes de los tres segundos, pues te puedes enredar con el que salte detrás y, aunque no te enredes de tiempo. Primero muerto que desprestigiado… ¿muerto?

—Arriba. Posición uno. Recuerden: una mano en la anilla del paracaídas principal y la otra en el suplementario. Salten encogidos. El tiempo está bueno; un poco de viento, pero si caen de frente no hay problema. Listos. Sin desespero. De pie. Esperen mi palmada.

Es el ultimátum del teniente. Llegó la hora de la verdad. Nos paramos. Se apaga un bombillo rojo y se enciende uno verde. Le pone la mano en el hombro al primero: “!Dale!”, Y un empujoncito. Mira hacia abajo y toca al siguiente. Se van desapareciendo como por arte de magia. El tercero cancanea; y con “vamos, carajo” y un apretón en el brazo, se va también. Dos más. Me toca; intento sonreírle al teniente para que sepa que voy entero —no creo que fuese convincente. “Arriba (debería decir “abajo”). Y no lo pienso —acorde con lo que me había prometido y reprometido. Flexiono las rodillas y me dejo caer hacia delante. Un estremecimiento y un bamboleo que me aturden. No me acuerdo de contar ni ovejas, ni angelitos; los tres segundos me parecen infinitos. No sé en cuántas cosas pienso mientras me repito que no puedo tirar de la anilla; repaso toda mi vida.

¡Coño, me voy a reventar contra el pavimento! A punto de tirar de la anilla una sacudida violenta, abro los ojos y respiro profundamente: silencio abismal; extraña sensación la de estar suspendido en el aire. El planeta es mío; y estoy fuera de él observándolo por vez primera desde un no estar. Todos mis paisanos andarán en lo suyo, y yo me acerco desde las nubes como un visitante.

A mi izquierda, algo más adelantado, el Billy me grita palabrotas de euforia. Disfruto, aunque muy nervioso, la inmensidad a mis pies. Tengo la impresión de no descender, de estar detenido, pero poco me va pareciendo más la velocidad a la que bajo. Me hablan desde tierra y todo se escucha clarito. Ahora tomo conciencia de que tengo que maniobrar. Escupo, para saber de dónde viene el viento; debo colocarme de espaldas a él para caer de frente. Acciono las cuerdas. Parece que estoy algo de lado y tengo la tierra ahí mismo ya. Veo que mandan a detener un tractor.

Creo que voy directo a él. Le paso por “alantico”, encontronazo; se me dobla la rodilla derecha: me doy duro; una vuelta de carneras, un golpe en la cabeza. El paracaídas se hincha con el viento y se apaga y me arrastra. Tiro de las cuerdas pegadas al suelo y se apaga la campana. Me quedo sentado. Feliz de estar vivo. Atontado de una manera que no reacciono ante nada.

El Billy me abraza, me habla, pero no oigo: me parece un ser extraño que está muy lejos. Camino automáticamente.

Estoy ensimismado; como acabado de nacer, sin poder articular palabra alguna. Gozo los olores, la luz de la tarde. Todo me asombra, me maravilla: ¡qué lindo existir!, ¡qué trascendente respirar!, ¿qué he sido?, ¿dónde estaba hasta ahora?

¡Qué ganas de besarlo todo!



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