“No tenía idea de que la vida estaba a punto de enseñarme la lección más dura de todas. Aprendí el intenso dolor de perder un ser amado de repente, sin previo aviso, y sin tener el tiempo para un último abrazo y la oportunidad de decir ‘Te amo’ por última vez. El dolor y la conmoción de perderte tan de repente están conmigo cada momento de cada día. Cuando toqué el lado de John en nuestra cama la noche del 8 de diciembre de 1980, me di cuenta que seguía tibio. Ese momento ha quedado conmigo en los últimos 27 años y seguirá conmigo por siempre”.
De esta especie de embrujo literario no escapó nadie, por abstracto que fuese el pensamiento, por complejo que fuera el problema, por cegadora que fuera la fama que envolvía a uno u otro personaje. De la profundidad misteriosa del cerebro de Albert Einstein nació esta carta a su amada Mileva Maric:
“Han transcurrido ya las ¾ partes del tiempo tonto y pronto volveré a estar con mi tesoro y lo besaré, acariciaré, haré cafecito, reñiré, trabajaré, reiré, pasearé, charlaré… +infinit!
“¡Será un año muy divertido!, ¿verdad?
“Ya he dicho durante las Navidades que me quedo contigo. No puedo esperar más a tenerte conmigo, mi todo, mi personilla, mi chiquilla, mi mocosilla.
“Cuando ahora pienso en ti creo que no quiero volver a enojarte ni a tomarte el pelo nunca más, ¡sino que quiero ser siempre un ángel! ¡Qué hermosa ilusión!
“Pero tú también me querrás, ¿verdad?, aunque vuelva a ser el viejo bribón lleno de caprichos, diabluras y tan veleidoso como siempre”.
Nuestra historia también recoge magníficas esquelas de hombres que supieron poner luz y amor en medio de las turbulencias del camino. Martí, Héroe Nacional cubano, escribió a Carmen Zayas Bazán:
“Yo no tengo solo tu carta en el corazón, tengo tu imagen grabada en mi mente, tu voz y tu mirada me queman, pues te adoro con el delirio de un corazón puro!!! Ámame como yo te amo. Yo juro adorarte hasta la muerte”.
Hombres tan bravíos e irredentos como el Mayor General Antonio Maceo plasmaron con ternura estremecedora su sentir más puro hacía la amada, y lo hicieron a través de inolvidables cartas de amor, he aquí un fragmento de lo que nuestro legendario guerrero escribió a María Cabrales:
“En tu camino como en el mío, lleno de abrojos y espinas, se presentarán dificultades que solo tu virtud podrá vencer.
“Confiado, pues, en esa tu más importante cualidad, te abandono por nuestra patria, que tan afligida como tú, reclama mis servicios […] y tu amor de esposa fiel y purísima, me induce a su redención. […] La primera vez luchamos juntos por la libertad; ahora es preciso que luche solo haciendo por los dos. Si venzo, la gloria será para ti”.
Es evidente la hermosura de todos estos textos, su carga emotiva y trascendente.
La historia estaría incompleta sin ellos.
Es por eso que no podemos dejarnos vencer por los avatares de la modernidad. Esperemos el ocaso, las salpicaduras del mar sobre las rocas, las lágrimas en los ojos añorados; aprovechemos la emoción de sentirnos amados y enamorados para escribir nuestra propia carta de amor, esa que quizá ocultamos entre las páginas de un libro y que tal vez algún día sea un tesoro compartido por muchos.
Artículos relacionados
Los símbolos del amor
Todavía me enamoro
… de la historia a la leyenda
El ideal no correspondido
Amor y sexualidad
La química del amor
Te odio, mi amor
Las edades del amor
Parejas en Cuba (I): más allá de los papeles
Parejas en Cuba (II): ¿Calabaza, calabaza?
Sexo: ¿consecuencia del amor?
¿Querer es amar?
Las caras del amor
Estar o no estar enamorado, ese es el dilema
El amor a primera vista: ¿existe?
¿Acabará el amor en siglo XXI?


Comentarios