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Pese a la violencia que vive hoy el mundo, el núcleo más pequeño de la sociedad, la familia, debe continuar abogando por relaciones interpersonales cada vez más sanas, mediadas por una comunicación armónica y sin barrera de ningún tipo. La sexualidad, como dimensión humana que abarca todo nuestro ser, precisa también de un equilibrio que aleje la relación de pareja de aquellos conflictos o conductas permanentes de violencia que puedan convertirse en un estilo de vida.
De ahí que la existencia de un hogar sano propicie a su vez seguridad, felicidad y calidad de vida para todos sus miembros, en especial para los hijos, quienes por lo general, imitan o reflejan las actitudes de los padres.
La manifestación más evidente de violencia sexual en nuestros días apunta hacia el maltrato físico y psicológico del hombre a la mujer, incluso en parejas muy jóvenes que apenas rebasan la adolescencia. En estos momentos, según advierten los especialistas, se ha convertido en un factor negativo que va adquiriendo fuerza creciente en muchas naciones del mundo.
Aun cuando un sondeo de opinión realizado a algunos estudiantes de preuniversitario en la provincia de La Habana, arrojó criterios opuestos por completo a la práctica de la violencia física, la mayoría reconoce haber adoptado actitudes agresivas psicológicamente con su media naranja, como clara expresión de una relación de poder.
Fabián, por ejemplo, jamás golpearía a su novia, pero ella debe complacerle en cuanto a la forma de vestir. No debe llevar la saya muy corta y tampoco aclararse el cabello, pues las rubias tienen fama de ser mujeres fáciles.
Adrián considera que el hombre debe llevar la voz cantante en la pareja A la muchacha complacerla de vez en cuando, sin dejar que eleve demasiado su yo.
Las jóvenes, por su parte, coinciden en que tanto el hombre como la mujer deben estar en igualdad de condiciones; sin embargo, la realidad no es tan así:
Evelín no admite imposiciones; estas, lejos de intimidarla, se convierten en desafíos. Se establece entonces una competencia, gana quien grite más y no quien realmente lleve la razón.
Giselle dice vivir el mejor momento de su vida; tiene un novio bastante mayor que ella que la respeta y la considera mucho. Solo que ella he tenido que adaptarse a los amigos de él, porque los adolescentes le resultan demasiado bulleros.
La costumbre hace al monje
Ya sea por cultura, idiosincrasia, costumbre o hasta por desconocimiento, las mujeres, históricamente, han vivido en mayor o menor intensidad formas de violencia. Ejemplos sobran: cuando no se les reconoce su talento cuando su opinión no es importante y las hacen callar; cuando por mensajes publicitarios reducen su imagen y las tratan como objeto sexual, o cuando se les hace dependientes de los pedidos, o mejor, a los antojos masculinos.
Si bien el abuso físico es la expresión más evidente de violencia existen otras formas como el abuso emocional o psicológico y el sexual, que tienden a repetirse cual círculo vicioso, llegando, incluso, a implantarse como régimen de vida cotidiano en una relación de pareja.
Justo en la adolescencia es bastante frecuente el abuso psicológico del muchacho a la muchacha. No por casualidad la primera relación de muchas parejas resulta frustrante para la joven, que por lo general accede solo por complacer al novio, quien la convida a entregarse como prueba de amor.
Ela, lógicamente se siente utilizada. Sobre su persona se ha ejercido un poder que la desvaloriza. Se le ha exigido obediencia, sin pensar siquiera en sus sentimientos más profundos.
La virtud de un cambio
Lo más alarmante de todas estas expresiones de violencia durante la juventud es que son aceptadas por las muchachas, quienes llegan a plantear que están relacionadas con el amor que sienten sus parejas hacia ellas,
A juicio de los investigadores, estos criterios están muy relacionados con la educación tradicional y sexista que por años ha identificado la sociedad en la que viven y se desarrollan los jóvenes. Aunque si bien en el caso de Cuba se trata de una sociedad machista en esencia, es también un entorno cuya dirección política y estatal se interesa y preocupa por hacerlo más óptimo y equitativo. El reto fundamental está en los hogares, de la puerta de la calle hacia adentro.
La violencia solo engendra violencia. La relación de pareja no es una relación de iguales, ni siquiera de seres parecidos. Amarse no es parecerse: es entregarse, aceptarse perdonarse y comprenderse. Es seguir siendo uno mismo junto a la persona que ama, con quien puede negociar algún capricho, pero solo en función de la pareja, nunca de uno mismo.


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