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Sexualidad y salud

Anatomía de un mal deseo
Los comportamientos parafílicos generan gran preocupación cuando se reconoce que alguien de nuestro contexto practica tales conductas

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22 Mayo 2016

 

 

La voz se corre de casa en casa hasta colmar todo el vecindario. En su centro laboral es objeto de desprecio e indiferencia cuando su condición llega a “descubrirse”. La familia, por su parte, no sabe qué hacer ante las reacciones y comentarios sobre el pariente que es objeto de uno de los calificativos más lapidarios y desfavorables que puede caer sobre una persona: “Fulano es un enfermo”.

Por supuesto que esta es una expresión edulcorada. En la calle se les suele designar dura y despectivamente: “pajuzo, mirahueco, violador, descarado, pervertido, malnacido, enfermo mental, hijo de p…”.Y el odio y la devaluación hacia quienes muestran estas actitudes no es injustificado.

Los aquejados por los comportamientos parafílicos, generalmente, molestan y/o laceran a quienes son objeto de su deseo. ¿Cuántas mujeres, por ejemplo, hemos empezado el día con la desagradable sensación de ver unos genitales masculinos expuestos al aire, de tránsito a nuestro trabajo o escuela? O igualmente, ¡cuánto molesta que algún hombre nos roce con insistencia o “sin querer”, y no precisamente por el poco espacio existente en la guagua! O, en el peor de los casos, ¡cuánto conmueve a toda una sociedad, escuchar la triste historia de una mujer o una pequeña que fue violentada sexualmente! Solo pensar en el desgarre físico y emocional que ello produce provoca la ira de millones.

Las citadas actitudes (exhibicionismo, froteurismo y violación) forman parte de un amplio listado de trastornos parafílicos, e históricamente han constituido uno de los temas más controvertidos en el ámbito de los estudios sobre sexualidad.

Mientras quienes las padecen, blanco de gran rechazo una vez que sale a la luz su condición, se enfrentan a una de las reacciones más dolorosas con que castiga el entorno social: la exclusión.

Trastornos al descubierto
Desde que se establecieron las primeras normas sociales, también se comenzaron a enmarcar los límites del comportamiento sexual de los humanos. Así, dependiendo de la época, zona geográfica, cultura o religión, se permitieron o castigaron determinadas costumbres.

Durante varias centurias, un número de prácticas al margen de la unión matrimonial, que no se establecieran entre hombre y mujer y no tuviesen un fin mayoritariamente procreativo, podrían ser descritas como fuera de lo normal, al punto de ser caracterizadas como perversiones o enfermedades mentales, ambos términos muy asociados a las nociones iniciales de parafilia.

 

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