Por solo citar unos ejemplos, durante siglos la homosexualidad y la masturbación fueron calificadas de parafilias. De esto último se infiere que el concepto ha sido objeto de múltiples análisis y cuestionamientos, transitando por numerosas versiones. Cientos de años después de las primeras conceptualizaciones, varias fuentes refieren (con bastante consenso) que “una parafilia es un patrón de comportamiento sexual en el que la fuente predominante de placer se encuentra en objetos, situaciones, actividades o individuos atípicos”.
Es decir que lo lógico sería que buscásemos mayor placer sexual en seres humanos no infantes y en el que el sufrimiento físico o psicológico, la necesidad de exponer nuestros genitales, de tocar o pegarnos a terceros, entre otras manifestaciones, no constituyera una fuente de satisfacción.
Pero entonces, ¿qué sucede con prácticas que pueden darse durante la adolescencia, como los actos voyeristas en grupo u otros? ¿Serían señalados como actos parafílicos?
Al respecto, en la actualidad se hace la distinción entre parafilias y trastornos parafílicos, según el criterio de la doctora Elvia de Dios, Msc.en Sexualidad y Salud Mental Comunitaria, una de las voces de mayor autoridad en Cuba a la hora de reflexionar sobre el tema. “Las parafilias son consideradas intereses sexuales atípicos y no necesariamente un trastorno mental. Se manifiestan en forma de fantasías sexuales, impulsos o comportamientos sexuales que se efectúan con el consentimiento de la otra u otras personas.
“Retomando el ejemplo anterior, si unos adolescentes deciden ‘mirar por un hueco’ a las niñas al ir al baño o mientras se visten, su desarrollo sexual no se afectará por ello. Sin embargo, si uno de ellos posee ciertos factores de vulnerabilidad, puede quedar enganchado y desarrollar un trastorno de voyeurismo, es decir encontrar su máxima o única excitación al ‘mirar’“.
De forma similar ocurre con los comportamientos zoofílicos (placer con animales), tan frecuentes en la iniciación sexual de adolescentes en el área rural
“Vayamos al tipo más álgido, que es la pedofilia, o sea, la atracción sexual por niñas y niños—sugiere la también colaboradora del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX). Si una persona la utiliza para lograrla excitación sexual únicamente en forma de fantasías (sin llegar al acto), no es considerado un trastorno parafílico, siempre que no le produzca malestar.
“Sí se considera un trastorno cuando existen sentimientos personales de distress (malestar) por sus intereses sexuales, y cuando el deseo o la conducta causa daño o malestar emocional a otros, o involucra a personas que no acepten, o son incapaces de dar consentimiento legal, como sucede en la etapa de la niñez.
“Así, si una persona pierde el control de sus impulsos y tiene cualquier tipo de comportamiento erótico con un niño o niña, ya cae en la categoría de trastorno”.
Crónica de un deseo anunciado
Al parecer, aquellas muchachas no eran transeúntes habituales de las calles que rodean al capitalino hospital Calixto García. De serlo, hubiesen ignorado la persistente invitación de un hombre que desde los altos de la colina donde se emplaza el citado centro las instaba a mirar en aquella dirección.
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