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Para cualquier ser humano, sería imposible recordar todos los olores que ha percibido a lo largo de su vida. Nuestra mente, en magistral mecanismo, almacenará aquellos de mayor utilidad.
Pero, ¿qué sucedería si aromas tan cotidianos como el del pan recién terminado, o alarmantes como el olor a gas o humo, fueran borrados de la mente y no pudiéramos determinar su significado? Pues, en la actualidad, alrededor de cuarenta millones de personas están expuestos a los constantes riesgos que dicha situación les depara.
El mal del olvido
Seguramente has escuchado historias de personas incapaces de reconocerse frente a un espejo, o tal vez tú, personalmente, eres “víctima” del comportamiento errático u olvidadizo de alguien cercano.
Hacer borrón y cuenta nueva constituye parte de un proceso necesario que ejecuta el cerebro para organizar y almacenar la información que a largo o corto plazo necesita. ¿Quién no habrá pasado por alto el cumpleaños de un amigo? ¿Cuántas personas no hemos intentado recordar un hecho, rostro o número telefónico sin tener éxito?
Hasta aquí todo resulta normal, pues constituyen parte del diario de cualquiera. Sin embargo, cuando las omisiones son recurrentes y afectan nuestra cotidianidad: ¡cuidado!
Varias razones provocan pérdida de memoria dependiendo de la edad. Durante la juventud, ello puede vincularse, por ejemplo, con diferentes afecciones, el estrés y en determinados grupos, el consumo excesivo de alcohol y drogas.
En el ocaso de nuestra existencia, el Alzheimer constituye uno de los más seguros detonantes.
Descrito por vez primera a principios del siglo pasado por el psiquiatra alemán Alois Alzheimer, el mal de igual nombre constituye un trastorno neurodegenerativo que lentamente va lastrando el accionar del cerebro.
Suele comenzar con distracciones que no generan demasiadas preocupaciones entre los familiares. Preguntas o comentarios que deben repetirse en varias ocasiones, problemas para recordar hechos que ocurrieron recientemente o los nombres de familiares y conocidos.
Más tarde, la persona va perdiendo la capacidad para seguir conversaciones complejas o de disfrutar actividades que impliquen el menor desafío, hasta provocar la pérdida de recuerdos, drásticos cambios en la conducta, y otros rasgos cognitivos.
Imagina que al levantarte una mañana y al desayunar o abrazar a tus viejos —abuelos, padres, tíos—, tu rostro y nombre ya no formen parte de su archivo mental. Tú, que hasta ese momento eras “mi´jito" o "mi´jita”, ahora sientes que parte de las vivencias junto a ellos quedan reducidas a un: “¿Y tú quién eres?”.
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