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¿Cuándo decidimos atacar el Moncada? Cuando nos convencimos de que nadie haría nada, de que no habría lucha contra Batista, y de que un montón de grupos existentes —en los que había mucha gente que militaba en varios a la vez— no estaban preparados ni organizados para llevar a cabo la lucha armada que esperábamos.
Un profesor universitario, Rafael García Bárcena, por ejemplo, vino a hablar conmigo, porque quería tomar el cuartel Columbia de La Habana, baluarte fundamental del régimen. Me dice: “Yo tengo gente dentro que apoya”. Le digo: “¿Usted quiere tomar Columbia, porque le van a franquear el camino? No hable entonces con nadie más, que nosotros tenemos los hombres suficientes y podría mantenerse discreción total”. ¡Ah!, hizo todo lo contrario, habló con más de 20 organizaciones, y a los pocos días toda La Habana, incluso el Ejército, sabía lo que preparaba aquel profesor, un hombre bueno, decente, que daba algunas de esas clases que los militares con rango reciben como parte de su preparación. Bárcena era uno de esos profesores. Como era de esperar, todo el mundo cayó preso, incluido el profesor.
Ya antes del esperado desenlace, que se produce algunas semanas después de mi conversación con Bárcena, al conocer que la próxima toma de Columbia era vox populi, decidimos actuar en un futuro inmediato con nuestra propia fuerza, que era superior en número, disciplina y entrenamiento a todas las demás juntas. Duele decirlo, pero era así. Entre aquellas organizaciones, una de las más serias y combativas era la Federación Estudiantil Universitaria. Pero sus páginas más brillantes, bajo la dirección de José Antonio Echeverría, recién ingresado a la Universidad, y del Directorio Revolucionario, organización creada por él en 1956, estaban por escribir.
Analizamos la situación y elaboramos el plan. Habíamos escogido a Santiago de Cuba para iniciar la lucha. No volví a conversar con el profesor. Un día, cuando regresaba por carretera de un viaje a aquella ciudad, escuché por radio la noticia de la captura de Bárcena y varios grupos de civiles en distintas esquinas alrededor de Columbia.
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Yo había hecho un trabajo de proselitismo y de prédica, porque tenía ya una concepción revolucionaria y el hábito de estudiar a cada uno de los combatientes que voluntariamente se ofrecían, calar bien sus motivaciones e inculcarles normas de organización y de conducta, explicarles lo que podía y debía explicarles. Sin aquella concepción no se podía concebir el plan del Moncada. ¿Sobre la base de qué? ¿Con qué fuerzas vas a contar? ¿Con qué combatientes?
Si no cuentas con la clase obrera, los campesinos, el pueblo humilde, en un país terriblemente explotado y sufrido, todo carecería de sentido. No había una conciencia de clase; había, sin embargo, lo que a veces yo calificaba como un instinto de clase, excepto en aquellos que eran miembros del Partido Socialista Popular (comunista), bastante instruidos políticamente. Hubo un Mella, líder universitario, joven, brillante, que junto a un luchador de la guerra de la independencia había fundado en 1925 el Partido Comunista de Cuba.
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