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Arte

La Avellaneda: una mujer entre el amor y sus consecuencias
Gertrudis Gómez de Avellaneda nunca fue feliz. La tristeza le persiguió y reinó en su vida, pero jamás doblegó el espíritu de la genial escritora, valorada de excepcional dentro de las letras españolas

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9 Sep 2014

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Gertrudis Gómez de Avellaneda nunca fue feliz. La tristeza le persiguió y reinó en su vida, pero jamás doblegó el espíritu de la genial escritora, valorada de excepcional dentro de las letras españolas.

La muerte del padre, el exilio, la viudez de dos esposos, el abandono del amante durante el embarazo y la pérdida prematura de la hija, inclinaron el temperamento depresivo y apasionado de la artista hacia períodos de retiro espiritual.

Sin embargo, nunca renunció al trabajo, al cual supo incorporar el ambiente caribeño dominado por el exotismo, la melancolía y la nostalgia de manera inigualable, hasta el punto de ubicarse entre las voces más auténticas del romanticismo.

Tula, como la llamaban cariñosamente, incursionó con notoriedad en la novela, la poesía y el teatro, en este último, intentó fundir la tragedia clásica al drama romántico, pero sin caer en excesos.  Así concibió “Baltasar”, considerado el mejor de sus  textos por la maestría lograda en el retrato  psicológico de los personajes.

El tema del amor desdichado, pesimista y platónico desborda la  lírica de la Avellaneda, claramente moldeado en algunos de los sonetos más  conocidos. En la narrativa también alcanza una técnica singular por la sensibilidad y los sentimientos capaces de despertar en el lector.

En este género sobresalen “Guatimozín, último emperador de México”, “El cacique de Turmequé” y “Sab”, relato de gran compromiso social estimado como la primera novela antiesclavista del idioma español.

Vida de infelicidad y virtud
La historia comenzó el 23 de marzo de 1814, en la antigua Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, con el nacimiento de Gertrudis, la hija de un oficial de la Marina española y una bella criolla de la región.

La niña mostró desde temprano las extraordinarias cualidades literarias que la perpetuarían; antes de cumplir nueve primaveras “ya escribía apasionados versos”, según declara la propia Tula en sus páginas autobiográficas.

A los 22 años el infortunio tocó a su puerta, y se vio obligada a abandonar la amada tierra natal y viajar por Europa junto con  la madre y el padrastro. Durante esta marcha compuso uno de los más conocidos poemas, “Al partir”. Era el comienzo del cúmulo de desgracias que rigió la existencia de la creadora, únicamente  comparables a las de sus personajes más desdichados.

Establecida en Sevilla, publicó versos en varios periódicos bajo el seudónimo de La Peregrina, labor relevante con la cual alcanzó reputación.

En esta ciudad conoció a Ignacio de Cepeda y Alcalde, el gran amor de su vida, con quien asumiría una atormentada relación sentimental, nunca en correspondencia a la manera apasionada en que se entregó la Avellaneda.

A él dedicó su autobiografía y gran cantidad de cartas, publicadas después de la muerte del destinatario, epístolas cargadas de los más bellos sentimientos íntimos de la literata.

 

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