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Historia

Con una bala en la frente
Quizá su anécdota más conocida es la del general asediado por una tropa enemiga muy superior que, no queriendo ser capturado vivo, coloca su revólver bajo la barbilla y se aplica un disparo que quiso salir por la frente.

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10 Jul 2014

 

 

Quizá su anécdota más conocida es la del general asediado por una tropa enemiga muy superior que, no queriendo ser capturado vivo, coloca su revólver bajo la barbilla y se aplica un disparo que quiso salir por la frente.

Dicen que su madre, cuando recibió la noticia del hijo prisionero, no lo admitía, y que solo al informarse que intentó matarse y estaba moribundo por su arriesgada acción, exclamó:

–¡Ese…, ese es mi hijo Calixto!

Pero el hado no quiso llevarse a Calixto García Íniguez en esa ocasión, para que continuara dando lo mejor de sí.

Puntualmente se incorpora a la Guerra de los 10 Años y, desde entonces, la manigua le sirve de Patria. Sus soldados lo recuerdan como el jefe cariñoso, dulce, y hasta gastador de bromas, sin que ello le reste hombradía ni mucho menos rigorosa disciplina.

Temerario al fin, se aventura demasiado. Preso y moribundo, es deportado a España en 1874, pero queda libre tras el Pacto del Zanjón. Viaja a Estados Unidos, donde resulta Presidente del Comité Revolucionario Cubano en Nueva York. Regresa a la Isla con la intensión de ponerse al frente de la Guerra Chiquita, en cambio, llega con los últimos disparos y, detenido, lo envían otra vez a España.

Reincidente como es, no duda en volver a la batalla, ahora durante la contienda organizada por Martí. Funge como jefe del Departamento Oriental, primero, y tras la muerte de Antonio Maceo, ocupa el puesto dejado por aquél como Lugarteniente General del Ejército Libertador de Cuba.

Fue él quien, al inmiscuirse Estados Unidos en la campaña, lo cual devino guerra hispano-cubano-norteamericana, cursó aquella comunicación al general Mario García Menocal de tener lista la artillería para “que el cañón cubano suene primero que el de los yankees”.
Fue Calixto quien al frente de una comisión cubana viajó hacia Washington con el objeto de gestionar los fondos necesarios para liquidar las deudas de la República y pagarle al Ejército Libertador.

Pero quiso el hado que el 11 de diciembre de 1898 ese crudo invierno de Norteamérica venciera al héroe, víctima de una severa pulmonía; algo que no había logrado ninguna de las tres guerras, ni sus dos deportaciones a España, ni siquiera aquella mortífera bala que un día asomó por la frente del general.
 

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