“Esos muchachos están desmotivados”, reconoce Esperanza Rodríguez Facenda, directora del instituto, “porque aquí no elevan su nivel de escolaridad: entran con noveno grado vencido, y luego de dos años, se quedan en ese mismo nivel. Para colmo, hay problemas con su ubicación laboral; los mandan para Servicios Comunales a la lucha antivectorial, tarea muy importante, pero no es lo que ellos estudiaron durante dos años”.
Si la Agricultura no ha sido capaz de brindarles ubicación —acorde con la preparación recibida—a los obreros calificados graduados de años anteriores, resultan preocupantes dos cosas: Una, ¿qué sucederá con los veintiocho alumnos que en la actualidad se forman en el Álvaro Reynoso?. Dos, ¿cómo es posible que con tanto déficit en el sector agrícola, haya jóvenes que luego de estudiar una carrera en la cual ellos y el país invierten tiempo y recursos, no la puedan ejercer?
Este fenómeno denota fallas en la planificación y la comunicación entre Agricultura y Educación, y podría agudizarse en el futuro, ya que para el próximo curso escolar se prevé el ingreso de treinta muchachos al curso de obrero calificado.
Según Esperanza Rodríguez —al frente de la escuela desde hace pocos meses—, hace cinco años recibieron la instalación en muy mal estado constructivo. “A pesar de ser una escuela grandísima, en la actualidad solo podemos albergar doce estudiantes. Esto nos provoca muchos problemas, incluso con la puntualidad, ya que los residentes en lugares lejanos tienen que ir y venir a diario”.
“Por suerte, ya estamos en un plan de inversiones para reparar al menos los albergues. Las prioridades son los techos y las ventanas”.
En este tipo de enseñanza es de suma importancia el trabajo práctico. Con ese fin tienen prevista la celebración mensual de una feria agropecuaria, para que los alumnos demuestren sus habilidades en el manejo de animales y medios técnicos, expongan los resultados del trabajo científico-investigativo de la FEEM y, al mismo tiempo, tengan una recreación sana.
“También es la vía idónea para desarrollar los círculos de interés y la orientación vocacional, pero nos vemos muy limitados por el escaso apoyo de las entidades. Si no nos traen los animales y los equipos, nada podemos hacer”, asegura la directora.
Ojalá todas esas deficiencias se solucionen, y muchos otros jóvenes sigan los pasos de Cinthia, Meylin, Franky, Cristian y Claudia, que no vean el campo como la última carta de la baraja.
Y que, finalmente, inteligencia y sudor se conjuguen para llenar —a buenos precios— los vacíos en las tarimas de nuestros mercados agropecuarios.


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