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“Todavía recuerdo con claridad el día que me decidí a pedir ayuda en la clínica. Me acompañaba mi hermana Evelya. Con mucha vergüenza le expresé a la doctora mi interés por desintoxicarme de las drogas. No sabía cómo explicarme y las palabras se me atropellaban. Ella, pacientemente, asentía con la cabeza, y solo interrumpió para preguntarme:
“―¿Estás lista para comenzar hoy mismo en el grupo?
“―¡Qué pena! No sé― contesté
“Su respuesta aún resuena en mis oídos:
“-¿Pena? Pena es estar en la calle sin ayuda, con nosotros no tienes por qué sentirla.
“Entré al saloncito donde estaba el resto de los pacientes. Me presentaron. Un aluvión de miradas examinándome, escudriñándome de arriba abajo, me hicieron palidecer, y otra vez la maldita pena…
“Realmente soy muy inhibida, más bien tímida, casi no hablo, pero cuando consumo drogas, no sé… cambio por completo. En estado normal nunca sé cómo debo ni tengo que hacer las cosas, por eso siempre le pido consejos a mi hermana Evelya. Ella es la que sabe de todo. Yo soy medio tonta. Tengo 23 años por gusto. Vine a salir a la calle con 20 años. Antes de esta edad mi mamá no me permitía ni pararme en el portal. Decía que la calle estaba muy mala y yo era muy jovencita. No podría salir hasta que trabajara. Con ella no valía eso de fiestas y discotecas. No me dejaba tener novio ni amigos varones. Lo de mi madre era que yo estudiara, comenzara a trabajar, me encontrara a alguien y me casara.
“Y así intenté hacerlo. Aprendí a tocar el piano. Estudié técnico medio en Dibujo Mecánico. Como no me gustó esa carrera, matriculé en el curso de Enfermería Emergente. Me gradué con muy buenas notas y comencé a trabajar en una sala de terapia intensiva. Luego fui a estudiar en el curso por encuentros la licenciatura en Enfermería. Sin embargo, no pude cumplir con todos los dictados de mi madre. Con el trabajo conocí la calle y con ella, a un grupo de muchachas y muchachos con los que me divertía mucho.
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