Otra de las razones, y quizá la principal por la cual hallar una “cura” sea tan difícil, es que los rinovirus son los responsables de cerca de 80% de los casos gripales a nivel mundial, el resto los producen otros ¡cien tipos de virus!: adenovirus, bocavirus, metaneumovirus, y algunos coronavirus. Nada, que la búsqueda del origen de un catarro puede llevar hasta más de 200 causantes.
Por eso, la medicina más efectiva continúa siendo las defensas de nuestro organismo. Las citoquininas son unas proteínas que fabrica el cuerpo para combatir la infección, y están relacionadas con nuestros cambios de comportamiento y estado de ánimo en general; por eso nos volvemos más apáticos cuando nos sentimos acatarrados.
También es la causa de inapetencia y dolores musculares en los finales de la infección, pues estas proteínas producen la fiebre y la irritación de las cuerdas vocales. Un mal necesario, ya que gracias a estas proteínas nuestro organismo guarda memoria y está más apto para combatir el virus.
El molesto catarrito
La búsqueda para una medicina efectiva contra la gripe no es tema nuevo. El médico sirio Ibn al Quff (1233-1286) practicó una dolorosa técnica quirúrgica para eliminar el mal.
En su época, se creía que las mucosidades propias de los resfriados descendían desde el cerebro. La dieta y los laxantes eran remedios habituales, pero había una solución drástica, propiedad de este afamado doctor, cuando las soluciones “tradicionales” no surtían efecto.
El cirujano recurría a la cauterización. El tratado que legó a la posteridad lo describía más o menos así: Primero había que rapar la cabeza del paciente y luego buscar un punto determinado en la frente del enfermo. Ahí se aplicaba un ¡hierro candente!, hasta que el hueso de la frente asomara y el moco (que supuestamente fluía desde el cerebro) saliera fácilmente hacia el exterior.
Luego había que tapar la herida con un algodón durante tres días. Se le aplicaba un vendaje cubierto de grasa hasta que la herida sanara. Por supuesto, la mejoría llegaba cuando la herida estaba en proceso de curación y de ahí la mala interpretación del supuesto éxito del método.
La “sanación” de tan brutal procedimiento siempre ocurría cuando los síntomas se eliminaban y esto era “una prueba de su éxito”. Hoy sabemos que es habitual la duración de la enfermedad entre siete o diez días y luego mejore naturalmente; sin embargo, antes no era así.
Para los siglos XIX y XX las “curas contra la gripe” abundaron. El mentol, producto que aún se emplea en la mayoría de los remedios con vistas a aliviar el catarro y la tos, irrumpió gracias a que no se le han encontrado contraindicaciones.
En cambio, otra suerte corrieron dos de las drogas más adictivas de la actualidad. La heroína, por ejemplo, fue utilizada como antitusivo, ¡y era efectiva!, pero aunque pasaran los síntomas, generaba al mismo tiempo dependencia por el medicamento y, al eliminarlo, las consecuencias y el malestar ¡eran peor que la misma enfermedad! Por eso se prohibió su uso.
También tuvieron gran éxito a principios del siglo pasado las pastillas Allen y las de Diego Gibson, que prometían los catarros, el nerviosismo, el dolor de cabeza y el insomnio, pero tenían como componente fundamental la cocaína.
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