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Arte

César López: poesía de la tierra
La creación poética, el testimonio lírico de César López, le hacen acreedor de una de las obras más sólidas y sobresalientes de su generación. Su obra ha sido acicate de una realidad cubana que aún hoy pervive y continuará haciéndolo, también, gracias a los versos del poeta

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2 Ago 2015

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César López nació en Santiago de Cuba en el año 1933. Es doctor en Medicina, y también estudió Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, Madrid y Salamanca.

Ha sido profesor de Literatura y diplomático, disímiles incursiones que nunca negaron su verdadera pasión: la literatura. Su poesía lo ha llevado a ser una de las voces más relevantes de Cuba en la segunda mitad del siglo XX. Aunque también ha incursionado en la narrativa y el ensayo, es considerado, con sus tres Libros de la Ciudad, como uno de los escritores más significativos dentro de la poesía cubana del pasado siglo.
 

Hechos de sobra existen para que este poeta haya sido acreditado con el Premio Nacional de Literatura en 1999. Sus poemas, esos “intentos lúcidos de detener, de salvar pequeñas o grandes cosas de la usura del tiempo y de la rapidez del olvido”.

Como afirmó el español José Goytisolo, le abrirían, también para él, ese espacio en la realidad y el recuerdo de todos aquellos que le leen y que le quieren. Una manera de retribuirle a aquel que recoge en sus textos la ciudad que tanto ama e intenta salvar, porque eso también es detener, el inevitable desmoronamiento de los hombres ante el tiempo.
 

Acercarse a la obra de César López es acercarse al mundo, a cualquier urbe, pues en sus textos la ciudad se torna símbolo. Allí pueden irrumpir perfectamente otros sitios con sus hombres, otros ámbitos; es el reconocimiento mágico de la escritura que se torna universal. La ciudad que borra sus límites y fronteras para volverse única y todas, los hombres somos esencialmente iguales aquí y allá, aquí y donde quiera.
 

Su inusitado uso del lenguaje y esa fibra humorística marcada por la ironía, aparentemente a flor de piel, le hacen, al parecer, ser un muy buen conversador, pues, cómo diría Ángel Escobar, ese otro poeta, “César López vive en Malecón 207. A doce pasos del mar y a 215 metros de la más mentada funeraria de La Habana. Frente al repello del portal adusto de su casa, la primera ceremonia del mundo toujours recomencée; tras del despotricado pataleo, la mansión de la última. Él, memorioso, fabula con ellas y con las que han sido o serán, y con todas conteniéndose. Sentado en su poltrona de mimbre evoca a Frank País, invoca un gesto que le fascinó en Salvador Allende o convoca su penúltimo diálogo con Julio Cortázar.”
 

Guardar y  aguardar parecen ser los signos reveladores de la poesía, de la memoria y de la vida de César López.
 

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