El mundo camina lenta, pero inexorablemente hacia la integración, y el planeta se hace cada vez más pequeño, la intolerancia se agudiza en aquellos individuos y pueblos que creen amenazadas su identidad, sus creencias y características distintivas al confrontarlas con los de otros individuos o pueblos.
Sin embargo, ese miedo, en principio razonable y comprensible, puede dar lugar a la intolerancia más irracional. Y es que la mayoría de las veces oculta un problema de inseguridad, de baja autoestima, de miedo patológico.
De ahí que los intolerantes descarguen toda su furia de forma especial entre quienes están indefensos, ocultando la cobardía de su comportamiento en el grupo a fin de intentar diluir su irresponsabilidad. Una “enfermedad” que se cura con el conocimiento. A fin de cuentas, la intolerancia no deja de ser siempre sino producto de la ignorancia y el miedo


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