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“(…) una mujer hace versos con solo ser mujer”.
José Martí
Muchos conocemos —más bien, creemos conocer— al Martí que amó a la Patria; sin embargo, pocos conocen al hombre que amó, con locura, a las mujeres.
Algunos repiten de oídas el mito de un Martí émulo de Don Juan Tenorio y de Casanova, mujeriego impenitente, con amplio historial de conquistas a ambos lados del Atlántico. La realidad es muy distinta, aunque no por ello menos apasionante.
Los historiadores no reportan ningún amorío en la adolescencia de Pepe, pero como esa es la edad habitual del despertar de la sexualidad, debemos quedarnos con la imagen que nos regalara Fernando Pérez en El ojo del canario.
Ardores en la Madre Patria
Todo indica que los lances amorosos iniciales ocurren en España, durante su primer destierro de 1871 a 1874. Él mismo se encarga, años después, de anotar: “A los 18 años de mi vida, estuve, por las vanidades de la edad, abocado a una grave culpa. —Lo rojo brilla y seduce, y vi unos labios muy rojos en la sombra (…)” [Nota de Martí sobre Adúltera. Obras Completas, t. 18, p.105].
De su permanencia en el país ibérico llegan a nosotros un calificativo y una simple inicial: el nombre de Blanca de Montalvo y la letra “M”.
Martí vivió en Madrid durante 1871 y 1872; luego se trasladó a Zaragoza, región de Aragón. Como Blanca es aragonesa y la misteriosa M., madrileña, es de suponer que comenzara a relacionarse primero con M. La mudanza a Zaragoza y el inicio del noviazgo con Blanca, al parecer, no interrumpen la relación con M.
Cuando a fines de 1874, Martí regresó a América y se asentó en México, recibió cartas con reclamos de las dos españolas. M. debió haber sido una mujer mayor que él y seguramente casada o viuda, lo que explicaría el ocultamiento de su nombre.
“Acabo de leer y de besar con toda la pasión de mi alma otra carta con fecha 22 de diciembre que anoche me envió Fermín… ¡Ah, Pepe de mi vida! Me muero, y lo que solo siento es no verte, no volver a verte más”. [Mercedes Santos Moray. "Enamorado de la vida", p.18].
Mucho y bien debió amar el joven Pepe para provocar ese sentimiento en M., quien ante la lejana frialdad del amante le escribe muerta de celos:
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