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Historia

Corazonero con el corazón partí ‘o (Cont.)

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22 Mayo 2016

 

 

“¿Tú crees que yo no tiemblo al pensar que mujer alguna, aun después de muerta yo, se permita quererte, besarte y besar tu frente que yo quiero tanto, y el lunar de tu mano derecha?” [Ídem, p.20]. La madrileña no solo se lamenta, también maldice. “Ojalá sea privada de la vida la mujer que me robe ese tesoro”. Y finalmente le recrimina. “Tú eres un monstruo de frialdad”.

El ausente parece responderle con un verso: “¡Perdón, perdón! Porque en aquel instante/ En que quise soñar que te quería, / Olvidé por tu mal que cada amante/ pone en el corazón su gota fría”.

Por su parte, la huella de la aragonesa resplandece en los Versos Sencillos:

“Para Aragón, en España,
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña.
Si quiere un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer”.

 

Ella, seguramente más joven y cándida que la madrileña, también le reprocha, si bien con menos ardor: “Pepe. Más de dos meses que no recibo carta tuya. Esto, sin poderlo remediar, me hace dudar de aquel cariño que decías me tenías y que yo creí. Pero ahora veo que con la ausencia se ha ido apagando”. [Ídem, p. 21].

Blanca, años más tarde, se casa y tiene un hijo, al que llama José. ¿Casualidad o añoranza?

México lindo y querido: ¿tres, cuatro amores?
Corre 1878. La frialdad del lejano Pepe se justifica porque anda metido de lleno en el mundillo intelectual y artístico mexicano, y allí, en apenas unos meses, tendrá al menos tres amoríos y un compromiso matrimonial.

En la capital azteca reina la bellísima Rosario de la Peña y Llerena, a quien se señala como causante del suicidio en 1873 del poeta mexicano Manuel Acuña. Martí trata, sin éxito, de seducirla con su verbo encendido.

Parece que en su afán conquistador descuida incluso sus obligaciones como reportero, ¿o es una mentirilla para impresionarla? “Estoy en el Congreso; debía estar escribiendo la crónica de la sesión, y me pongo a escribir —no pensamientos que ahora no tengo— sino mi necesidad de que pasen las horas que me separan todavía de Vd.”. [Obras Completas, t.20, p. 251].

Se sabe que en el amor, como en la guerra, vale casi todo. “Esfuércese Vd.; vénzame… De cuantas vi, nadie más que Vd. podría". [Ídem, p. 253]. Eso le escribe a Rosario, aunque poco, muy poco después, repite casi las mismas palabras a otras mujeres. 

 

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