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Historia

Corazones errantes
La historia de la única familia de gitanos conocida que se asentó para siempre en Cuba constituye una hermosa historia de amor. Los descendientes de esos nómadas dan fe de ello

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6 Mar 2015

 

 

Resulta increíble apreciar cómo Rogelio Sandin puede guardar tantos recuerdos de la lejana infancia.

Remembranzas de una niñez cargada de pasajes felices y amargos, austeros y opulentos, reales y místicos, vinculados siempre a la familia, la única gitana que llegó a Cuba para quedarse, gracias a las jugarretas del más poderoso de los sentimientos: el amor.

Al igual que sus ancestros rememoraban viajes sentados en colchones de plumas, el descendiente de aquellos primeros nómadas llegados a la Isla resultó ser un magnífico narrador, quien, después de acomodarse en su butacón, comenzó a narrar la increíble historia de sus antecesores desde su arribo a Cuba. Este fue el lugar donde el abuelo español, también llamado Rogelio Sandin, robó a la familia Cuik su más preciado tesoro: la joven y bella Parizza.

Ojos que te vieron ir…
El gitano polaco Burtia Cuik, tras haber plantado tiendas en más de veinte países, llegó por tercera vez a Cuba, pero en esta oportunidad, sin saberlo, sería el término de su vida de andanzas.

Esa idea jamás pasaría por la mente de un nómada como él, acostumbrado a vivir siempre en el camino, rutina heredada con la estirpe que diez siglos atrás abandonara su tierra original, allá en la India, para volverse el pueblo extravagante e indetenible de adivinos y músicos peregrinos.

Con apenas quince años, Burtia había contraído nupcias con su prima ucraniana Tecla, y se había hecho de una tienda propia, hogar en el que recorrió casi todos los rincones de Europa y América y donde concibió diecinueve hijos, nacidos en países diferentes. 

El excelente dominio de la metalurgia y el conocimiento de siete lenguas aseguraban el alimento de la familia Cuik en cualquier rincón del planeta. La prole disfrutaba de una existencia dura, pero tranquila, donde primaban la unidad, el amor y el respeto.

Mientras los hombres garantizaban el sustento junto a yunques, forjas y martillos, las mujeres salían a recorrer las calles en aras de contribuir a la economía familiar, buscando manos que quisieran abrirse para conocer la buenaventura, un arte maravillosamente desarrollado por las gitanas.

 

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