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Aunque para algunos el ejercicio de la cortesía es algo que ha quedado como un recuerdo, la verdad monda y lironda es que su ausencia nos dificulta la vida tremendamente.
Si bien es cierto que vivimos a un ritmo vertiginoso, también es verdad que nada justifica andar por el mundo como si este fuera un lugar habitado por una sola persona, o conducirse como si los demás no merecieran siquiera un saludo. Decía Confucio que “la cortesía que debe presidir nuestras actuaciones cotidianas se fundamenta principalmente en el respeto y comprensión hacia todos”, y precisamente de este precepto parte el comportamiento humano. Si somos seres sociales, debemos actuar en correspondencia.
Lo más triste de todo es que muchas personas mayores viven criticando a los más jóvenes por todo cuanto hacen: si comen arroz con la cuchara, si ponen los codos en la mesa o hablan con la boca llena, o porque se recuestan en vez de sentarse o manifiestan de manera más que explícita el amor por su pareja en plena vía pública.
Sería bueno preguntarse si muchachos y muchachas son “así” porque quieren, o sucede que nadie se ha molestado en mostrarles cuáles son las normas elementales de respeto hacia sí mismos y a los demás.
Partiendo de ejemplos tomados de la vida cotidiana, y respondiendo a la petición recibida de parte de muchos lectores, Somos Jóvenes te propone esta sección para aprender a relacionarte mejor con tus semejantes y tener más éxito en la vida.
Una de las normas elementales de cortesía es saber escuchar. El tener puntos de vista divergentes y hasta francamente opuestos no es sinónimo de quitarle la palabra al otro, y menos a gritos.
Cuando dos personas entablan una discusión de esta manera, no llegarán a ninguna parte, pues los razonamientos serán vencidos por la violencia. La próxima vez que alguien trate de hablarte a gritos, expón tus argumentos de manera mesurada y sin insultos, y verás cómo sales ganando.
En cuanto a la conversación, es imprescindible tener en cuenta la jerarquía y edad de la persona a la que nos dirigimos. No hablaremos con el jefe, un profesor, un anciano o a quien acabamos de conocer, con la misma confianza con que lo hacemos con nuestro mejor amigo. Esto vale igualmente para los mayores cuando se dirigen a otros de menor edad, porque el niño y el joven también merecen consideración.
Y, sobre todo, tener presente que aun cuando estemos entre nuestro grupo, alrededor hay personas que pueden ofenderse al escuchar determinadas expresiones.
Por ello, es preciso hablar en voz baja, pues, a fin de cuentas, no te estás dirigiendo al universo entero.
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