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Cuba joven

Crónica de una guagua anhelada
Cruzas la calle y comienza el desafío. Cual vaquero del salvaje oeste miras a tu adversario y ya no es uno, son cientos parecidos a un mar azul, todos con el mismo objetivo: subir o morir en el intento
18 Jul 2018

 

4:30 pm… comienza la carrera por la vida y todos se rigen por la “Ley de la Selva” que dicta que solo el más fuerte sobrevive; y no estamos en la jungla, pero sí en algo parecido: LA PARADA.

Cruzas la calle y comienza el desafío. Cual vaquero del salvaje oeste miras a tu adversario y ya no es uno, son cientos parecidos a un mar azul, todos con el mismo objetivo: subir o morir en el intento.

Te colocas en la posición estratégica, a la sombra de una mata y de pie, porque los únicos asientos están ocupados y esperas… y esperas… y tras media hora sigues esperando.

Compras un pastelito o un caramelo para distraerte, miras a tus acompañantes y vuelves a aburrirte, pensando en la cantidad inmensa de tareas por hacer y párrafos que memorizar para la pregunta escrita. Entonces, todo ocurre en milésimas de segundos: el movimiento de las masas, el monstruo de nombre de mujer en el horizonte y tus plegarias para poderte ir, porque sucede que tu cuerpo no es muy apto para abrirte paso entre la gente.

Llega la guagua Diana a la parada y comienza la fase dos del plan: atravesar la mar de cuerpos humanos hasta llegar a la puerta objeto de deseo. Llegas ¡sí! y sonríes triunfal intentando olvidar los pisotones, la suciedad en los zapatos, el asa de la mochila casi caída y el fuerte dolor en el brazo que casi dejas en la parada. Luego, reparas en que no puedes sostenerte y que estás en pose de modelo… de modelo aplastada contra una pared de cristal.

Así transcurren las tres paradas siguientes, con la única novedad de la voz irritante de una señora preguntando por qué no te pones la mochila delante. Tú, también irritado, pensando en el peso de la susodicha mochila, le respondes de la mejor forma que puedes que delante de ti hay otra bolsa; y cuando ella replica por enésima vez tu paciencia llega al límite y casi tienen que aguantarte para no meter a la mujer dentro de la mochila y mandarla para cierto lugar no muy agradable, pero lejos de la guagua.

Luego del incidente, desfilas entre los pasajeros con tus movimientos de breakdance (para no perder el equilibrio), intentando ubicarte cerca de la puerta trasera, a la caza de un asiento vacío que, por supuesto, no encuentras. Entonces reaccionas dándote cuenta de que te bajas en la siguiente parada y das inicio a la fase tres del plan: llegar a la salida.

Con tu mejor voz de locutor radial pides permiso una… dos… tres veces y ya en la cuarta ocurre “La Transformación”. Sientes cómo tus venas se hinchan, tu piel se vuelve de color verde (eso es de otra historia), tus ojos se abren enfurecidos y se oye la frase profunda: “Caballero, permiso que me bajo. ¡¡¡Choferrrr, abre atrá’!!!”

Tras ofrecer pisotones gratis, llegas a tierra firme y antes de mostrar triunfalmente tu júbilo, de nuevo revisas tus pertenencias. Si hay un faltante en el inventario, maldices hasta a los muertos de los fabricantes de la pintura azul del vehículo; pero, si todo está en regla, tienes permitido sonreír y caminar hacia tu casa preparándote mentalmente para el siguiente día y la aventura, el riesgo y la emoción que supone para ti abordar una Diana.

 

 

 

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