Kilómetros 4, 5 y 6
Casi al llegar al kilómetro 4, a la derecha del camino, hay una casa humilde, donde nos brindaron agua y descansamos unos minutos.
Continuamos el ascenso. A partir de aquí empieza la verdadera escalada. Para muchos, es el trayecto más fuerte. Se trata de un sendero empinado, lleno de escalones. En algunos tramos se observan barandas de madera, y no hay terreno llano para estirar las piernas; los dolores de espalda se van sustituyendo por los de las extremidades inferiores.
El canto de las aves, el sonido de los insectos y la exuberante vegetación son su única compañía.
Kilómetros 7, 8 y 9
Vistas maravillosas. Muchas veces el sendero es estrecho, otras bañado por unos pocos rayos de sol, las curvas son más pronunciadas. De un lado, la montaña, del otro, un farallón que asusta. A un paso está el abismo, lo cual da una extraña sensación.
Se percibe la humedad de la tierra, las rocas y las plantas; sin embargo, no dejábamos de sudar. Vemos una bruma blanca: las nubes, que en la medida que avanzamos, van quedando debajo.
El silencio es frío, las piernas pesan, y sentimos nuestra propia respiración amplificada; desde los primeros kilómetros no hemos vuelto a ver al guía. En esos momentos pensamos en Fidel y el Ejército Rebelde que estuvieron luchando tanto tiempo por estas montañas. De veras que había que tener los pantalones bien puestos y una convicción revolucionaria profunda para adentrarse en esos parajes.
Después de los ocho kilómetros, llegamos al Pico Cuba: segundo punto más alto del país. Allí se encuentra un monumento a Frank País. En ese momento olvidamos los dolores y el cansancio. Es un excelente lugar donde reponer fuerzas, a fin de comenzar el descenso de la elevación y continuar subiendo los restantes kilómetros que conducen al Turquino.
Pico Turquino
Continuamos. El guía se aproxima y dice que faltan unos seis minutos de camino. Íbamos a buen paso, y a los pocos minutos el delantero grita: ¡Llegamos!
Entre tanto verdor, se abría paso la luz. Lo primero que observamos fue el busto erigido a José Martí, ¡qué satisfacción!, gritamos, reímos… allí nos esperaban los que habían arribado antes. Estaban en el Pico Turquino, tras cinco horas de camino, pero con la satisfacción de haber alcanzado la cima, lo cual borró momentáneamente cualquier signo de cansancio físico.
Poco a poco fue incorporándose el resto de los compañeros. Del grupo inicial solamente tres no pudieron tocar la cima.
Junto al busto de Martí cantamos el Himno Nacional y nos tomamos algunas fotos. Al rato comenzaron a caer algunas gotas de lluvia, como para refrescarnos e indicarnos que debíamos bajar.
El descenso
Lo más impresionante del descenso fue admirar las hermosas vistas desde la altura y percatarnos, una vez más, del largo camino recorrido.
Estar en el Pico Turquino, a 1 974 metros sobre el nivel del mar, fue una experiencia única y extraordinaria, que permitió probarnos tanto física como mentalmente.
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