Las agresiones fueron en aumento, en los comienzos solo le espetaban choteos. Después le tiraron tizas, comida, basura, refresco, tierra, entre otras cosas. Al final le robaban y abusaban de él, tanto psicológica como físicamente, hasta llegar al clímax del asunto.
Una tarde, la broma sobrepasó los límites y varios alumnos en componenda decidieron ponerle deliberadamente unos traspiés y darle un fuerte empujón cuando apenas saliera del aula. El abusado cayó al piso, y lo que nadie imaginó fue que la aparentemente inofensiva burla acabara en una fractura grave de la pierna derecha, de la que Juan Carlos jamás pudo recuperarse. Actualmente sufre de una cojera perenne; sin embargo, las burlas continúan: todos lo conocen por el Paticojo o Patocojo.
Su problema físico no es congénito, y le ha provocado trances mayores. Nuevos y más complejos estados de inferioridad y culpabilidad han ido creciendo poco a poco en el corazón del muchacho, sin que nada ni nadie lo pudiera impedir.
Su vida hoy está marcada, y dos intentos fallidos de suicidio quedan como muestra de la solución encontrada por el joven para dar vía de escape a su infinito dolor.
El primer paso
Desde que Osvaldo tiene uso de razón recuerda haber sido una “fiera”. Apenas empezando en la escuela descubrió que mostraba una increíble fortaleza física, muy superior a la de niños incluso mayores, y que eso le reportaba ciertas ventajas.
A diferencia de los ejemplos anteriores, de Osvaldo nunca nadie se burló o siquiera le pasó por la cabeza tratar de usarlo para el bonche. Por el contrario, él resultaba el terror de los demás y era el único capaz de dejar sin merienda a otros, cosa que hacia habitualmente. Los abusos los realizaba muchas veces por el simple placer de molestar a los más débiles, por la necesidad de imponerse a toda costa y costo.
Sí, porque quien intentaba resistirse se llevaba lo suyo, es decir, una tremenda zurra y todos los castigos que a Osvaldo se le ocurrieran durante los días siguientes, hasta que considerara amansada a la víctima de la fechoría.
En ese inmenso ambiente de abusar sin piedad, sin control ni límites, transcurrió la infancia y adolescencia del joven. En la actualidad Osvaldo, de veinte años de edad, vive en prisión, debido al nivel de crueldad que mostró cuando agredió con un puñal a un colega de la misma fábrica donde comenzó la vida laboral.
El fiscal pidió una sentencia de quince años de reclusión. Nadie imaginó que un leve desacuerdo productivo terminara de esa manera: Osvaldo preso porque casi acaba con la vida del otro muchacho a quien asestó dos puñaladas en el vientre.
Sin saberlo, sus primeros pasos en la vida de guapería y bravuconería transcurrieron en la escuela primaria, cuando comenzó a practicar el abuso escolar, y poco a poco fueron moldeando el carácter que lo condujo a desperdiciar valiosos años de juventud tras las rejas.
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