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Cuba joven

Cuando el azar te gobierna (Final)
6 Mar 2016

 

 

“La adicción no es selectiva cuando escoge sus víctimas. He visto apostar lo mismo a ‘hijitos de papá y mamá’, que a gente de barrios marginales. Conozco a muchos que hacen apuestas con cualquier cosa. Claro, no todos son ludópatas, pero sí hay unos cuantos y no han interiorizado que tienen esa adicción”, explica Julio.

El ludópata siempre cree que todo va a salir bien. Que si no ganó en esta, será en la que viene. Y si tampoco es esa, pues la próxima sí.

“Yo casi no tenía cabeza para  pensar en otra cosa que no fuera jugar. Elaboraba estrategias de apuestas o me ponía a fantasear que ganaba grandes premios. Y lo peor es que esto es como las drogas, que te vas adaptando y adquieres una mayor tolerancia: cada vez se necesitan apuestas mayores o más frecuentes para satisfacerse.

“Ahí caes en un círculo vicioso: si pierdes te sientes mal, pero para mejorar tu estado de ánimo o evadirte de los problemas, vas a la revancha y apuestas de nuevo.

“Cuando uno está desesperado por jugar hace cualquier cosa por obtener dinero para poder apostar. Yo no llegué a robar, pero engañé y estafé a gente que quiero, a gente que confiaba en mí”, reconoce nuestro entrevistado, quien llegó a deber muchísimo dinero y no tenía cómo pagarlo.

“Los adeudos estaban siempre tocándome en la puerta y yo tenía que andar escondido. Siempre he sido muy tranquilo, a pesar de eso tuve que fajarme varias veces por no poder pagar”.

Julio hasta comenzó a afrontar afectaciones físicas. Por falta de dinero o por las preocupaciones dejaba de comer y bajó de peso. Dormía mal, se sentía ansioso y deprimido. Amistades y familiares comenzaron a distanciarse de él.
“Empecé a gestionar la venta de mi casa, para poder seguir jugando. Los ‘buitres’ comenzaron a darme vueltas, creo que me querían enmarañar la casa con un extranjero”.

Por esos días, Julio tocó fondo. La novia de varios años rompió con él, cansada de su estilo de vida, de las mentiras y la inestabilidad hogareña. “Me di cuenta de que, o dejaba el juego, o lo perdería todo. Busqué ayuda profesional. Empecé a trabajar y me alejé de mis antiguos socios”.

Se frota las manos, le sudan y se las seca en el jean.

“La obsesión por el juego no desaparece de la noche a la mañana. Todavía tengo ganas, es una adicción que no se elimina tan fácil. Desde que empecé el tratamiento, hace ocho meses, he jugado en tres o cuatro ocasiones; ahora llevo más de un mes sin  hacerlo. Al principio me sentía a veces inquieto, otras irritable; dicen que es como el síndrome de abstinencia que experimentan los alcohólicos o drogadictos al dejar de usar esas sustancias”.

Julio ha pasado varios talleres y cursos, lee mucho y ha desarrollado una filosofía personal: “La enfermedad está en la cabeza de uno mismo. Comprendí a tiempo que debía curarme mental y espiritualmente, para poder mejorar en lo material”.

 

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