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Camaleón, tomatico, sonrosado, solecito, son apenas algunos de los calificativos que despiadadamente se les adjudican a aquellas personas que se sonrojan constantemente.
El rubor en sí es una respuesta de nuestro organismo al experimentar tensión, como puede ser también la sudoración de las manos. Se define como sonrojarse, avergonzarse, acalorarse, excitarse.
Explicación científica
El enrojecimiento o rubor en la cara es resultado de la vasocomprensión (entiéndase encogimiento) de los capilares sanguíneos (pequeñas arterias) que irrigan especialmente las zonas de las mejillas y las orejas. Esta vasocomprensión consigue que la sangre circule a mayor velocidad, lo que permite una mayor frecuencia en el trasvase de nutrientes y oxígeno a las células del cuerpo.
El ser humano, ante el peligro,” enciende motores” para una posible acción de urgencia; frente a esta, se acelera el corazón y aumenta la frecuencia respiratoria.
A la vez, se activan otros procesos en lo profundo de nuestro organismo, como es la secreción de jugos (pH+) en el estómago, la liberación de adrenalina por las cápsulas suprarrenales y la constricción de los vasos sanguíneos, de lo cual resulta como efecto colateral la aparición del rubor.
En la mayor parte de los casos, solo el rostro, el cuello y las orejas se enrojecen, lo que está asociado a que son las regiones habitualmente más expuestas al aire, la luz y las variaciones de la temperatura.
Los que se ven en apuros
“Cuando me siento observado me enciendo como un bombillo, es que soy un poco tímido”. Jorge Pérez, 16 años.
”No puedo soportar pasar por un lugar y que un muchacho que me llama la atención me mire insistentemente, porque enseguida me sonrojo de vergüenza”. Delia Gómez, 17 años.
“Cada vez que tengo que hablar en público, que contestar una pregunta, defender un trabajo delante de un grupo de personas, me ruborizo y ahí comienza el problema”. Rodolfo Hernández, 20 años.
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