En ese empeño concibió y realizó junto al General Antonio Maceo la Invasión a Occidente, una de las campañas militares más descollantes en la historia de América. Continuó bordando una victoria tras otra, hasta que la intervención de los Estados Unidos dio al traste con el ideal de soberanía por el que venía luchando durante todos esos años.
Al margen de las triquiñuelas de quienes desde antes de establecerse la república ya la habían traicionado, el fervor con que fue recibido en La Habana y la admiración que le profesaba el pueblo, hizo que en 1901 fuese reconocido cubano por nacimiento, hecho ratificado en la Constitución de 1940.
Fue tanto el amor y la compenetración que sintieron los cubanos hacia él, que la mayoría quiso postularlo para que fuese el primer presidente de la República; pero no lo aceptó, pues nunca se cansó de repetir que había participado en la guerra de forma absolutamente desinteresada.
Rodeado del “cariño de este pueblo que ahora más que nunca, me lo ha demostrado, comprometiendo, por modo tan elevado y sentido, mi gratitud eterna”, el Generalísimo falleció en La Habana el 17 de junio de 1905.
De Ernesto al Che
El argentino Ernesto Guevara conoció a Fidel Castro en 1956 en México, y a las pocas horas de conversación, ya era uno más de la expedición del Granma. Fue el primero en ser ascendido a comandante.
La lucha en la Sierra Maestra fue develando sus cualidades como jefe militar y fue uno de los jefes de la reedición de la invasión de oriente a occidente, que esta vez sí alcanzaría el objetivo primigenio de soberanía.
Tras la huida del tirano Fulgencio Batista, el 1ro. de enero de 1959, llega a La Habana convertido para siempre en el Che. Apenas un mes más tarde, el Consejo de Ministros lo declara ciudadano cubano por nacimiento.
A partir del triunfo revolucionario, el Che desempeñó múltiples cargos en la dirección del país, entre los que se encuentran la presidencia del Banco Nacional de Cuba y el de ministro de Industrias, al tiempo que representó al país al frente de numerosas delegaciones en el extranjero. También ocupó el mando de Pinar del Río durante la Crisis de Octubre.
Sin embargo, su afán por ver libres a todos los hombres de la tierra le hizo proseguir la lucha, primero en el Congo y luego en Bolivia, donde cayó finalmente, en octubre de 1968, a los 39 años de edad.
Su fe en la Revolución se puso de manifiesto en su carta de despedida a Fidel, fechada el 1ro de abril de 1965, en la que apuntó: “si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti”.


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