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Arte

La dulce dueña del jardín
En la recta final de su existencia, el 5 de noviembre de 1992, a Dulce María Loynaz le fue otorgado el Premio Miguel de Cervantes, considerado el más importante de las letras hispanas
29 Nov 2014

 

 

(Publicado en 2007)

 

Tocaba a su fin el segundo año del siglo XX. El décimo día del mes de diciembre fue un miércoles gris, de esos que son habituales en el tropical invierno habanero. Esa fue precisamente la fecha marcada por el azar para dejar asentado en la historia el nacimiento de la primogénita de un General que escribía versos... el dominicano Enrique Loynaz del Castillo y su esposa, la joven cubana María de las Mercedes Muñoz Sañudo. El nombre de la pequeña hija quedó inscrito desde entonces como Dulce María.

A pesar de que ella y sus hermanos Enrique, Flor y Carlos Manuel no realizaron estudios regulares junto a otros niños y niñas de su edad en algún plantel educacional, todos abrieron sus inteligencias al conocimiento con varios preceptores que venían a la casa para impartir lecciones, bajo la cercana mirada de la madre.

Desde muy temprano, Dulce sintió una gran atracción por la literatura y a los 17 años salió a la luz una de sus primeras obras, “El poema a Cristo”, el jueves 1ro. de abril de 1920, en el periódico habanero La Nación.

Sobre esta poesía y otras publicadas por la joven escritora, se destacaba en una página del diario: “Dulce María está en estos momentos revelándose como poetisa exquisita y La Nación se ufana de traer a sus páginas los versos delicados de quien, en no lejanos días, la veremos ascender la cristalina escalinata de la gloria literaria”.

Lo que se expresó en tan temprana época acerca de la vida de la joven poetisa en el rotativo habanero, puede considerarse como un verdadero presagio, o mejor, como la visión de largo alcance de quien previó el brillante futuro de una mujer que llegó a ver recompensado su esfuerzo creador durante su extensa carrera literaria.

De su fecunda pluma salieron a la luz importantes títulos, como la novela lírica “Jardín”, a la que dedicó siete años de su vida, por su creciente búsqueda de la perfección y también los poemarios: “Finas Redes”, “Poemas sin nombre”, “Un verano en Tenerife” y “Melancolía de otoño”, entre otros; además, una profusa publicación de crónicas semanales, escritas durante la década de los años 50, para los diarios habaneros Excelsior y El País.

En la recta final de su existencia, el 5 de noviembre de 1992, a Dulce María Loynaz le fue otorgado el Premio Miguel de Cervantes, considerado el más importante de las letras hispanas y ese mismo año, durante el Tercer Congreso de Mujeres del Caribe, efectuado en Curazao, también fue seleccionada como la poetisa más distinguida del siglo XX dentro de nuestra área geográfica.

El libro titulado “Fe de Vida”, publicado en 1993 por la editorial pinareña Hermanos Loynaz, fue el último de los escritos por Dulce María Loynaz, y vio la luz durante su existencia en ocasión de celebrarse ese año en la ciudad de Pinar el Río, el Primer Encuentro Iberoamericano sobre la vida y la obra de esta autora, orgullo de las letras cubanas.

 

 

 

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