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Hace unos cuantos años, cuando todavía era un muchacho, recuerdo que todos los conocidos exaltaban la solidaridad del cubano a pesar de las carencias.
No era raro que la vecina nos “prestara” unos huevos, la otra un poco de sal, una coladita de café, azúcar, hasta fin de mes…El barrio entero era una inmensa despensa donde todos se brindaban lo poco que tenían para “resolver” hasta la cuota siguiente.
Los valores espirituales llenaban el vacío que dejaba la escasez. Los asientos en las guaguas eran cedidos sin demasiada presión; las cuentas equivocadas, en la mayoría de las ocasiones, eran enmendadas; podías comprar carne de cerdo en el agromercado (que ya en aquella época le apodaban “los bandidos del Río Frío”, nombre robado a la novela mexicana de turno) sabiendo que siempre te irías con unas onzas de menos, pero que nunca llegaba a una libra, porque eso era inadmisible.
Había poco, pero las personas se consideraban más.
Entonces ¿qué ocurrió? ¿Cuándo y por qué se perdió todo eso? ¿Cómo es nuestra sociedad actual?
Un día de compras
El vendedor del mercado tiene una tablilla donde anuncia que el mango cuesta a cinco pesos la libra. Una anciana toma dos mangos, y él, sin apenas mirar la balanza espeta: “quince pesos”.
La señora observa la pesa, pero apenas puede ver, como yo, los dígitos que no llegan al kilogramo. “Mi´jo —le dice—, ¡solo tengo diez pesos!” Y él retira el mango más grande: “¡Diez pesos señora!”. Y se vuelve hacia mí: “Ve escogiendo lo que quieres”.
“¡Estás loco! ¿Cuánto me vas a cobrar a mí, después de lo que le has hecho a esa mujer?”, y él, casi como una broma: “¡Imagínate!, todos tenemos que vivir…”
Ir de compras en Cuba, además de los altos precios, escasez, las faltas de garantía, resulta casi un favor de aquel que nos atiende. La conciencia del egoísmo ha calado fuerte, y no importa más que beneficiar el bolsillo a toda costa.
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