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Historia

¿De efí y de efó? (Cont.)
20 Nov 2015

 

 

En 1862 se forma la primera entidad en Matanzas y luego se extiende al municipio de Cárdenas, en la misma provincia, lugares donde hasta hoy continúa operando el ñañiguismo.

Por supuesto que, como organización cubana, ya desde el siglo XIX se le habían incorporado mestizos, chinos y hasta blancos, pero la versión esquemática desde el “poder” continuó calificándola “práctica de negros”.

De acuerdo con lo anterior, queda claro que el ñañiguismo encarna una cultura de resistencia. Quizá por ello, muchos jóvenes tiendan a confundir los principios cardinales de la agrupación y vean en ella su paradigma de “hombre a todo”, con su secuela de atributos: machista, guapetón, petulante...

“Ser abakuá se convirtió en algo así como un certificado de graduación dentro del ambiente”, nos asegura el investigador Tato Quiñones, autor del libro “Ekori Abakuá” y de otros trabajos sobre el tema.

El desconocimiento, más la propaganda errada, genera estereotipos, sobre todo cuando se trata de un fenómeno nacido de los estratos más humildes de La Habana colonial, que se desenvolvió dentro de la marginalidad o, a decir de Tato, dentro del ambiente.

Poco se conoce que en la conspiración de Aponte, en 1812 —cuando tal vez ya existía el ñañiguismo, aunque no recogido oficialmente— estaban implicados varios iniciados abakuá. También los hubo en la llamada Conspiración de la Escalera y otros movimientos similares de la capital cubana, pero de eso no se habla.

Tampoco se habla del negro ñáñigo Caoba, quien se lanzó a la manigua redentora durante la primera gesta independentista; que cinco negros abakuá perdieron la vida en un colosal intento de frustrar el asesinato de los ocho estudiantes de Medicina o que el joven Martí, deportado a España, fue cuidado en Zaragoza por Simón González, alias Gran Diablo, juramentado en la hermandad.

Se habla, sí, de las lipidias, las puñaladas y la predisposición a la delincuencia en los abakuá.

Una agrupación de hombres probados
Rey es un chico de 17 años, tranquilo y estudioso. Hasta ahora nada le preocupaba a su madre, para quien “parecía un niño ‹normal›, incluso lo saqué del pre donde estudiaba, en San Antonio de los Baños, porque había mucha agresividad. A principios de curso se enfrentaron dos bandas de distintos barrios y aquello fue apoteósico. Decidí entonces trasladarlo hacia un politécnico del Vedado, pero en cualquier lugar es lo mismo: a todos los muchachos les ha dado por hacerse abakuá”.

 

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