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La cultura egipcia ha sido un ejemplo recurrente a la hora de hablar de casamientos consanguíneos. En algunas dinastías de este antiguo pueblo era usual que el faraón desposase a su hermana.
De esta manera, la supuesta calidad de la sangre real se protegía de las impurezas mediante el incesto; razón antiquísima que se ha mantenido vigente a través de los tiempos y también entre otras culturas.
Así, por ejemplo, en los anales del antiguo Perú se puede leer el siguiente decreto de un soberano: “Yo, el Inca, ordeno que nadie pueda contraer matrimonio con su hermana, madre, prima, tía, pariente o madrina de sus hijos. En caso contrario leerán arrancados los ojos como castigo. Únicamente al inca le está permitido tomar como esposa a su hermana”.
A mediados del siglo pasado, entre las clases superiores de los bantúes, en África, los hombres tomaban como esposas a sus propias hermanas. Por supuesto, esos lazos eran impensables para el resto de la población, pues su única finalidad era la de perpetuar la superioridad del linaje en el poder.
También en la actualidad es costumbre extendida en la alta aristocracia europea, sobre todo entre primos.
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