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“Quisiera que hablaran sobre la primera vez en las relaciones sexuales”, dijo el muchacho, venciendo su timidez.
“¿Pero qué se cree? ¿No se ve muy chiquito pa´ preguntar eso?”, replicó, no su madre o su abuelo, sino una joven sentada muy cerca de mí.
La situación, absolutamente real, ocurrió durante un encuentro con lectores de Somos Jóvenes al que debían asistir solo alumnos y alumnas de preuniversitario y en el cual, invitados por equivocación, participaron estudiantes de octavo grado, y vino a demostrar nuevamente que por lo general quienes nacieron antes se sienten con ventaja ante quienes llegaron después.
El caso es que desde que el mundo es mundo, las personas mayores se la pasan “olvidando” sus años mozos y hasta se las dan de que “en su tiempo” no se hacía esto o aquello, sin caer en cuenta de que ellos y ellas también utilizaron un lenguaje raro para evitar que sus padres los entendieran, o alteraron el uniforme para estar más a la moda y hasta cayeron en una que otra indisciplina. Entoncesconcluyen, moviendo la cabeza negativamente, que “la juventud está perdida” sin percatarse que son ellos y ellas, con sus modos y edad, quienes únicamente han perdido esa fuerza vital.
Es nuestro deber aceptar a los más chiquitos, guiarles, hacerles ver el modo correcto de proceder, pero sobre todo escuchándoles y explicándoles, para que entiendan de manera razonada y puedan luego actuar en su momento.
Solo así podremos dejar un legado al futuro y, sobre todo, encontrar y no volver a perder nuestra juventud.


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