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17 May 2016
Caminaba por mi calle como casi siempre, inmersa en mis pensamientos, cuando llegando a la intercepción, una de esas famosas de La Habana, la Esquina de Tejas, me sorprendió un muchacho que se bajó de un auto de alquiler, aprovechando el semáforo en rojo. En una carrerita corta alcanzó el depósito de basura, lo abrió y lanzó rápido en él una lata de refresco vacía.
Yo lo aplaudí; él levantó su dedo pulgar en señal de acuerdo tácito y volvió a ocupar su asiento en el “almendrón”. A falta de tiempo para otras demostraciones, sencillamente nos entendimos.
Y no solo me sorprendió, realmente me alegró el día. Es que vivo en los márgenes del Cerro y el comienzo de La Habana Vieja, justo dos municipios neurálgicos de nuestra ciudad, por lo antiguos y superpoblados. Veo a menudo actitudes muy diferentes y que destacan por la desidia de los que transitan por sus amplios portales de columnatas hermosas e interminables en la calle Monte, que sirven a menudo de basureros para los indisciplinados que “pululan”.
Es digno de aplauso quien cuida su entorno. Es más fácil lanzar lo que ya no nos sirve desde el auto, como hacen muchos, o hacerlo al descuido, dejados furtivamente al pie de una de esas hermosas columnas cuando menos pensando: “¡A mí qué me importa!”
Y es que debe importarnos a todos la armonía y el cuidado de la limpieza de esta o cualquier ciudad o pueblo donde vivamos… o visitemos.
Preservar el entorno es cultura, civismo, deber ciudadano. Lejos de ver esos mensajes de bien público “como quien oye llover”, de obviar los carteles de “no botar desechos”, todos deberíamos pensar lo perfecto que sería vivir en un ambiente limpio.
Respetar los espacios comunes hace muchísimo mejor nuestra vida; por supuesto, esto incluye el espacio sonoro. Y no olvidar lo hermoso que resulta el vuelo de una mariposa inesperada en cualquier espacio abierto, una fuente cantarina o aquel zunzún que, una vez sentada en la Avenida de los Presidentes —o como lo llamamos comúnmente, el parque de G— se me acercó casi al rostro. ¡Parecía que me susurraba! Jamás lo olvidaré…
Pensemos en eso y hagamos cada uno lo que “nos toca” ¡como el muchacho del taxi!


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