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Quizá en alguna que otra ocasión has escuchado hablar de Fernando Ortiz, un hombre empeñado en descubrir a Cuba a través de lo cubano
La esencia de lo que somos

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26 Jul 2014

(Publicado en 2008)

 

Fernando Ortiz, Don Ortiz, el señor Fernando… muchas eran las formas de llamarle quienes lo conocieron, como mucha fue la mezcla que persiguió intentando dar caza a eso que define a una nación: su idiosincrasia, su gente, su esencia. A eso que llamamos cubanía.

Por su investigación certera, por los espacios que dejó abiertos y que hoy enriquecen su obra —pues no la condenó al estatismo ni a la mera definición académica—, n es que cada vez que se menciona nuestra cultura mestiza, uno piensa en él; en esa frase tan rica que dice que “Cuba… Cuba es un gran ajiaco”.

El patrimonio de la Isla se enriqueció con éste, uno de sus más ilustres hijos. Fernando Ortiz, que vivió su infancia en España, en las islas Baleares, y cursó en la "madre patria" sus estudios hasta el bachillerato, no pudo aislarse del olor de la Isla que le atraía; tampoco de la verdad que obviaba el mestizaje como la fuerza principal que motivaba la conformación de una identidad tan peculiar, tan lejana al estiramiento ibérico de la época, tan cercano, tan cubano.

Y ese fue el primer y estruendoso paso de Don Fernando, cuando tomó a las censuradas y marginadas expresiones populares y dejó claro que el mestizaje es lo nuestro, es lo que más se acerca a lo que fue, era y somos nosotros: lo cubano.

Infancia española, vida cubana
Aunque nacido en esta isla del Caribe el 16 de julio de 1881, con apenas dos años fue enviado a Menorca, España, donde cursó la mayor parte de sus estudios, tan solo interrumpidos por un breve retorno a Cuba, cuando comenzó a estudiar en la Universidad de La Habana. Pero por motivo de la guerra de independencia, regresó a la península Ibérica, para graduarse en Leyes.

Pronto volvió a su patria amada, imbuido por el deseo de adentrarse en sus más profundas hechuras. Nada de galicismos ni dones de cuellos almidonados; sus primeras investigaciones dejaron de lado la distancia que se imponían los catedráticos de la clase popular.

A pesar del asombro de sus más encopetados contemporáneos, Fernando Ortiz marchó directamente al rescate las fuentes vivas de esta nación, las que pululaban en las calles, las que venían tanto de Europa como de África, Asia o la propia América; a aquella cultura mestiza surgida (marginada por cualquier estudioso anterior) y que conformaba la nacionalidad cubana.

La transculturación y la honestidad
Fue él quien acuñó el de término de transculturación. En su empeño por explicar y defender la mezcla que ya nos definía, habló del entrelazamiento de culturas reconocidas (española, africana, asiática…) para conformar una nueva: la cubana.

Fue él uno de los que plantó más fuertemente las ideas revolucionarias y transformadoras en el campo del pensamiento nacional; elevó desde el apartado rincón en que querían ignorar a la cultura negra, proveniente del injusto trasiego esclavista, al plano del evidente y relevante protagonismo que jugaba en todas las manifestaciones de lo cubano: desde la música, la danza y la religiosidad, hasta la cultura en general.

Fue su perspectiva abarcadora una luz para muchos otros que, desde su óptica y sus horizontes creativos, lograron evidenciar la riqueza de una parte que no quería tenerse en cuenta por segregada. Junto a él se reunió el pensamiento más progresista de su tiempo en honor a una verdad, en la búsqueda del santo grial de lo que somos: allí estaban, entre otros, figuras del calibre de Alejo Carpentier, Alejandro García Caturla y Lydia Cabrera.

Y su empeño fue más allá de las ideas, Don Fernando encabezaría con otro reconocido intelectual don José María Chacón y Calvo, en 1924, la Sociedad del Folklore Cubano; fundaría la revista Archivos del Folklore Cubano, que dirigió durante los cinco años de su publicación, y en 1926 fundó también una de las más importantes fundaciones de su época: la Institución Hispano-cubana de Cultura.

Se sumó a la vanguardia artística y literaria que luchó por derrocar al tirano Machado y al oprobio que representaba para todo aquel que llevara sangre cubana en sus venas. Por ese motivo, a pesar de apenas contar con tiempo debido a sus constantes estudios etnológicos, se integró a las filas del Grupo Minorista, encabezado por un joven poeta revolucionario llamado Rubén Martínez Villena.

Desde su sitio aportó lo suyo para derrocar al “Asno con Garras”. Fernando Ortiz no era hombre de medias tintas, ni en el campo de las ideas, ni en el de las acciones… ni en el de la verdad.

En el campo de lo cubano
Reconocido en su autoridad científica y moral, don Fernando es referente obligado para comprender y asimilar el legado intelectual cubano del pasado siglo XX. Legado que, muchas veces por ignorancia, desconocimiento y también prejuicios, se suele olvidar.

Fernando Ortiz lo dejó claro: la cultura es un proceso acumulativo y el presente no puede desvincularse del pasado sin negarse a sí mismo. Por eso, este sabio nuestro, en su vasta producción literaria y científica, constituye uno de los exponentes claves de esa verdad histórica a la que no debemos renunciar, porque en su quehacer están las semillas de nuestro patrimonio, el campo donde nace, crece y germina lo cubano. Una lectura, un aprendizaje obligado, para entendernos hoy desde una mirada del ayer.

 

En su larga y fructífera vida, que dedicó no solo a la etnología, sino que abarcó también las ramas de la sociología, lingüística, musicología, jurisprudencia y crítica, publicó más de cien títulos; entre los que podemos citar: “Apuntes para un estudio criminal: Los negros brujos” (1906); “Los mambises italianos” (1909); “Entre cubanos” (1914); “Los negros esclavos” (1916), “Los cabildos afrocubanos “(1921); “Historia de la arqueología indocubana” (1922); “Glosario de afronegrismos” (1924); “Alejandro de Humboldt y Cuba” (1930); “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar” (1940); “Martí y las razas” (1942); “Las cuatro culturas indias de Cuba" (1943); “El engaño de las razas” (1946); “El huracán, su mitología y sus símbolos” (1947); "Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba” (1951); “Los instrumentos de la música afrocubana” [cinco volúmenes] (1952) e “Historia de una pelea cubana contra los demonios” (1959).

 

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