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Historia

Estampas en la vida de un joven héroe
Nacido el 11 de marzo de 1876 en el potrero de La Reforma, jurisdicción de Sancti Spíritus, el cuarto de los hijos del General Máximo Gómez ganó con sus virtudes un sitial de honor en nuestra historia

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11 Jul 2014

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El advenimiento
Inmerso en la floresta protectora, que a trechos matizaba la extensa sabana en La Reforma, el bohío humildísimo se iluminó aquel día con el alumbramiento del cuarto de los hijos de Máximo Gómez, el caudillo militar dominicano de nuestras guerras por la independencia.

“Espeso monte —escribió conmovido aquel hombre hecho a mortales combates— grandes árboles, un arroyo fértil y de agua cristalina, muchos pájaros que cantan, y mucho ruido grato del monte, muchos ruidos de guerras que se oían a los lejos; allí está la cuna de mi hijo Francisco”. Y más adelante señala sin ambages: “Esto es jurisdicción de Sti. Espíritus, de suerte que mi hijo es cubano espirituano…”.

Luego el líquido fresco y opalino del Arroyo del Toro serviría para el bautizo improvisado, sin más sacerdotes que los padres y algunos amigos de la pareja, suficientes para otorgar solemnemente al recién nacido el nombre del abuelo materno que aquel niño “perfecto, saludable”… se encargaría de honrar a cada instante de su breve existencia, como a su familia, a su terruño, a Cuba.

El azaroso nido de amor bajo los mangos, guayabos y ciruelos, de Máximo y Bernarda (Manana), y los misterios de la psiquis permearon de tal modo el alma del guerrero, que haría de La Reforma sitio de evocación perenne y de batalla.

Martí y Panchito
El hijo predilecto de Gómez y el Delegado se conocieron en septiembre de 1892 en Montecristi. Martí lo fue a buscar a su trabajo en un comercio para que lo condujera ante su padre con quien quería tratar acerca de los preparativos de la Guerra Necesaria. El muchacho de apenas 16 años lo impresionó vivamente al punto que, meses después, plasmó en una carta:

…”Era sobrio, ya como un hombre probado, centelleante como luz presa, discreto como familiar del dolor…” y fue ese el inicio una amistad y una admiración sin límites entre aquellos dos seres singulares dedicados a la causa sublime de la independencia patria.
Tras nuevos encuentros con el Maestro en tierra quisqueyana, Panchito va a Nueva York junto a su progenitor y allá se queda con Martí. Sería su brazo derecho en lo adelante, en un trabajo febril de organización y agitación proselitista. Recorren incansables la geografía de la Unión Americana, de ciudad en ciudad, entre comunidades de cubanos. Luego se van al Caribe y Centroamérica y continúan allí aunando voluntades.

La gente ve en Panchito al virtuoso retoño de su padre. En cada mitin le prodigan afectos, lo miman y estimulan, pero él se escurre cada vez, consciente de que el mérito hay que ganarlo con esfuerzo propio. El brillante tutor toma la pluma:

“Hay genio en el niño. No gana amigos sólo con el alma andante de su padre que ahora es, sino por sí por su reserva decorosa, por su simpatía con los humildes, por el ajuste en su edad casi increíble, del pensamiento sólido a las palabras precisas y cargadas de sentido con que lo expresa”.

Los acontecimientos se suceden. Pronto tendrán que separarse. A Montecristi se irá Francisco mientras Martí queda en Manhattan, pero por poco tiempo. El 7 de enero de 1895 llegó Martí a Montecristi y se reúnen de nuevo por un tiempo amplio, mientras Gómez y el Maestro -como lo llama el joven- se mueven incansables por Santo Domingo buscando apoyo para la guerra en Cuba, que se torna inminente.

Un trago amargo
Llega por fin el duro instante de la separación. Parten hacia tierra cubana el Generalísimo , Martí y César Salas, Paquito Borrero y Ángel Guerra... Panchito no quiere quedarse y en el último momento le dice a Gómez delante de todos”: …”No es posible que yo me concrete a empujar la barca que te ha de llevar a ti al sacrificio por la libertad de la tierra que guarda mi cuna…” .Luego susurra muy quedo al oído del padre atribulado: “Muerto o a tu lado”.

Sólo Martí logra convencerlo a medias de la necesidad de que quede en Quisqueya para ejercer tareas de soporte a la Revolución. Y trabajo tiene de sobra como coordinador del apoyo pecuniario a la causa, colectando recursos de guerra, atendiendo el destino de dos goletas compradas por el Partido para el envío de hombres y pertrechos a la manigua insurrecta; recibiendo la correspondencia y hasta dirigiendo el periódico Las Albricias, de franca filiación independentista.

Pero hay una promesa pendiente y para fines de 1895 Gómez lo manda a buscar con el también espirituano César Salas. Dificultades de todo género se atravesarían en el camino de ambos pinos nuevos, empero ellos sabrían vencerlas cuales Ulises de nuevas Odiseas.

Del Three Friends a Punta Brava
Al cabo de incontables peripecias, César y Panchito logran embarcar hacia Cuba en el yate Three Friends (Tres Amigos), al mando del General de origen puertorriqueño Rius Rivera, de quien el segundo fue nombrado ayudante.

A su llegada a la tierra cubana, como en los preparativos y durante el viaje, mantiene una actitud ejemplar. A bordo esquiva los primeros planos en las fotos tiradas a los expedicionarios. Habiendo en el alijo los fusiles más modernos, escoge una modesta tercerola Remington. Luego trabaja sin descanso en el desembarque del precioso cargamento.

Resiste la sed, el peligro y el duro peregrinar por más de 20 leguas hasta encontrarse con el General Maceo, quien lo recibe con alegría y cariño. Tiene que combatir y combate, sufre heridas y continúa activo. Escribe un diario admirable que contribuye a rescatar la historia.
Con otro espirituano, el General Pedro Díaz, ha ganado en los primeros lances los grados de capitán. Maceo lo nombra su ayudante y le confía su correspondencia personal. Panchito le demuestra lealtad y diligencia. Su experiencia militar es mínima pero posee el valor de inconmovibles ideales.

Junto a su jefe, Maceo, cruza en un bote la trocha de Mariel a Majana, y cuando se produce el aciago combate de Punta Brava, allí está él, valiente como un león, batiéndose a muerte por salvar al Titán. Nunca pudo concretar su sueño de reunirse con su padre y visitar la tumba del Maestro, pero se fundió para siempre con la Patria. El viejo Máximo le dedicaría con su pluma, con sus lágrimas y con su espada, el más sentido de los epitafios.

 

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