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La carta a su hermana Juana María en julio de 1956, desde el exilio en México, reiteró lo que todos sabían en Camagüey: Cándido González Morales era de los imprescindibles para la Revolución precisamente porque no le negaba nada, ni siquiera la vida. "Es mejor morir, vivir para la eternidad después del deber cumplido, que vivir sin decoro", escribió en frase que parecía el pronóstico para sí mismo.
Cándido fue puertopadrense por nacimiento, camagüeyano por elección familiar y cubano por patriotismo sin límites. En la ciudad agramontina, donde su familia se instaló desde el final de la enseñanza primaria del niño, se hizo revolucionario de la única manera posible: haciendo Revolución.
Con 14 años, en la Escuela Profesional de Comercio, encabezó los enfrentamientos contra la corrupta dirección. Fue elegido secretario de la Asociación de Alumnos y luego presidente. De su tenacidad por el mejoramiento de los medios de enseñanza, que lo llevó a conducir la toma revolucionaria de la escuela, habla a las claras la expulsión que en su contra decretara la dirección.
José Ángel Pila Hernández, un veterano combatiente camagüeyano que tuvo vínculos familiares con Cándido, recuerda a aquel joven especial: "Desde la adolescencia se le veía la firmeza en lo concerniente al amor a la patria, demostrada después con su lucha antibatistiana. Siempre defendió la lucha armada como única solución a los problemas de Cuba, y por ahí nos guió".
En cierto momento, Cándido fue a un mismo tiempo alumno, dirigente estudiantil y trabajador del Banco Continental Cubano en Camagüey, lo que no le impidió comportarse como un joven de su tiempo. "Era afable con todos —añade Pila—, parco, reservado, pero entusiasta. Le gustaban las fiestas, compartir con su familia y sus amigos... también era enamoradizo".
Así era el cubano de cuerpo entero, alto por fuera y grande por dentro, que luchó con "Vergüenza contra dinero" en la Juventud Ortodoxa desde que Eduardo Chibás, con su prédica por la honestidad, atrajera a miles de jóvenes patriotas.
El hombre del 26 de Julio en Camagõey
Los disparos en cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes no solo se escucharon en aquellos cuarteles orientales. Sus ecos llegaron a todos los revolucionarios cubanos. A Cándido se le atribuye la redacción de un Manifiesto que calificaba el asalto como "... el episodio de más elevado contenido histórico en los últimos años" y reiteraba la necesidad de la vía revolucionaria.
Él fue de los principales propulsores en Camagüey de la amnistía de los moncadistas y se ocupó personalmente, junto con otros compañeros, de distribuir en la provincia los ejemplares de “La Historia me absolverá”.
Cuando los moncadistas fueron excarcelados del Presidio Modelo, el 15 de mayo de 1955, un grupo de camagüeyanos, entre ellos Cándido, viajó a Surgidero de Batabanó para recibirlos. Más de una vez había proclamado su admiración por Fidel y su convicción de que solo el movimiento encabezado por el jefe del ataque del 26 de Julio, alcanzaría la independencia de Cuba.
A finales de mayo de 1955, varios revolucionarios camagüeyanos del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y de su Juventud se reunieron con Fidel en La Habana, en un apartamento del Vedado, donde el líder del Moncada les explicó por más de dos horas cómo concebía el camino de la Revolución.
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