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El Vedado es un sitio habitualmente tranquilo, sobre todo cuando nos alejamos de las grandes avenidas. Hacia su interior, pequeñas calles conforman barrios que en tiempos de la dictadura albergaron historias de pasión revolucionaria, con visos de verdaderas leyendas urbanas.
Una de estas vías es Humboldt, pequeña y escondida entre los altos edificios que enmarcan la Rampa habanera. Nace en el hotel Vedado y corre lenta en su aburrimiento hasta el mar, muy cerca de su hermana más glamurosa, la calle 23.
En el edificio marcado con el número 7, hoy se encuentra, en los bajos, un espacio vacío que los vecinos pugnan por recuperar para parqueo. Pero allí, en 1957, se encontraba ubicada una agencia de automóviles, la Sante Motors Co., algo que cambiaba por completo la apacible imagen. Los autos aparcados de frente contra la acera cubrían toda el área y un enorme cartel de Chevrolet pendía del edificio de al lado.
El 20 de abril de 1957, Sábado Santo por el calendario católico, ese lugar se marcaría con uno de los hechos más sangrientos de la historia capitalina. Aquí ocurrió la matanza, por parte de la Policía Nacional, de cuatro luchadores del Directorio Revolucionario.
La época es convulsa. Han transcurrido treinta y ocho días de los sucesos del 13 de marzo. El Directorio Revolucionario ha quedado destrozado. A la muerte de José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez asume el liderazgo, así como la presidencia de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).
La policía y el ejército del régimen de Fulgencio Batista están desbocados. Cualquiera puede ser confundido, apresado y asesinado. En el mejor de los casos, torturado salvajemente por una jauría de nuevos elementos que utilizan la sangre para escalar en la jerarquía castrense.
De los miembros del Directorio, quien ha podido escapar del ataque al Palacio Presidencial o a Radio Reloj se mantiene en constante movimiento por la ciudad, escondiéndose en casas de familias que le acogen a riesgo de la propia vida o en apartamentos alquilados, en espera de una presunta salida del país.
Un sótano, situado en la calle 19 entre B y C, va a ser el cuartel general de los combatientes que han salido vivos de la acción, y en él conviven los más valerosos y buscados luchadores clandestinos de la época: Fructuoso Rodríguez, José Machado y Juan Pedro Carbó, los tres más buscados por los medios represivos del régimen.
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