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(Publicado en 2008)
¿Quién no la añora? ¿Cuántas frases no se acuñan en su nombre? ¿Cuántas …? La felicidad no tiene precio. No se puede comprar, vender ni negociar. Solo la consiguen aquellos cuyas acciones, actitudes y características son puras y desinteresadas.
En otras palabras: “la calidad de la conciencia y las actividades de las personas determina la riqueza de su vida”.
Si embargo, ¿por qué es tan difícil alcanzar la felicidad? Sin dudas, porque la estabilidad social, económica y política se consideran fuentes de felicidad y de disfrute de la vida, pero cuando algunas de estas áreas no funciona, desciende el nivel de satisfacción.
Cuando todos esos recursos se enfocan en las infraestructuras socioeconómicas, en detrimento del desarrollo del carácter moral y espiritual de las personas, cambia el orden de las prioridades en la vida y la felicidad disminuye gradualmente.
Atrás ha ido quedando el desprendimiento como una buen costumbre y ha tomado su lugar un egoísmo a toda costa; la acumulación desmedida con la esperanza de hallar, entre tantos objetos, el que nos brinde por fin la ansiada felicidad.
“El hueco fantasma –decía Lacan– necesita ser llenado a toda cosa”. Pero es imposible colmar aquello inmaterial o del campo de las ideas, con tanto plástico y malas fantasías.
El calor y el bienestar de la felicidad están escondidos en el interior del ser. Cuando las personas se enfocan en su interior y toman fortaleza de sus poderes internos de la paz y del silencio, reavivan sus virtudes permitiendo que se eleve el nivel de felicidad.
Todos tenemos un alma y al reconocernos (o conocernos como pregonaba la sentencia a la entrada del antiguo Oráculo de Delfos), comienzan a abrirse los secretos de cómo vivir de manera independiente sin convertirnos en víctimas del mundo material; mundo que, por demás, por su propia naturaleza efímera, priva a la gente de su paz, pero no de su sed de buscar, o mejor, de consumir.
La sabiduría del conocimiento espiritual ofrece los tesoros de cómo vivir y actuar en la verdad individual. Las acciones verdaderas son puras y la pureza es la madre de la felicidad y del bienestar. Ellas brindan fuerza y felicidad a uno mismo y bienestar a los demás, las llaves que abren las puertas hacia la felicidad.


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