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Aunque hemos tocado el tema en otras ocasiones, y aunque prometemos volver de nuevo con otro trabajo de mayor profundidad, no es redundante retomar un fenómeno muy común en nuestros días: la asignación sobredimensionada de una importancia irracional a determinadas personas, objetos o cosas. Es a lo que algunos científicos han dado en llamar fetichismo.
Generalmente se le atribuye al campo religioso y al sexual, pero el fetiche puede estar en cualquier lado y, a decir del investigador argentino Adolfo Colombres, “queda muy claro que no hay culturas fetichistas, pues el fetichismo existe en todas las culturas como práctica de un individuo o de un pequeño grupo que recurre a la veneración exagerada”
Y aquí llegamos al meollo del asunto: una veneración será exagerada cuando manipule el sentido socialmente concertado, más allá de nuestros propios valores.
El fetiche no es únicamente el ídolo que puedas tener detrás de la puerta para “cuidar la entrada”, ni el ojo pintado como advertencia de que estás siendo observado, ni el amuleto para “resguardar” de espíritus o visiones malignas. ¡No!¨
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