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Arte

La fiesta innombrable
Hablar de la vida de José Lezama Lima puede abarcar innumerables tomos. Su obra, de por sí ambigua, podría generar disimiles interpretaciones según sea el lector que decida sumergirse en su lectura. Por eso hoy quisiera hablarte del día que murió el poeta.

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1 Nov 2014

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Lezama definía a la muerte como “la gran enemiga”. Para nada ajeno al refranero del populacho, a la rica coloquialidad del cubano que dice: “Nadie nace para semilla”, él intentó quebrar el límite temporal sentenciado desde su mismo nacimiento, por la inmortalidad de la belleza, la gracia de las palabras y las ideas.

Porque Lezama fue un escritor que rezumó belleza. Enamorado, órfico, sensual, hizo que sus oraciones, sus versos, su vida misma fuesen una danza erótica de las palabras. Paradoja para más, pues él, que siempre se acompañó de su tabaco y de su pitido asmático, fue obeso desde los siete años.

Pero qué importa lo físico cuando tanta belleza es regalada.

Lezama, incluso cuando fue incomprendido y apenas tolerado por aquellos que no supieron valorar el genio que abrigaba, nos abrió la mente ante toda la hermosura que puede ser generada por el hombre, sea el campo que sea, belleza al fin, que nos hace comprender por qué estamos vivos; belleza que sostiene nuestro mundo.

¿No lo crees? Entonces veamos.

Los Lezama mueren en cama de hospital
El escritor decía a sus más cercanos que prefería no pasar tiempo en los hospitales, pues los Lezama morían en sus camas. Él, que sostenía su mundo, y su paladar de delicatens con beldades literarias y culinarias, no planeaba morir nunca, aunque inevitablemente ocurriera.

Su casa de Trocadero se alimentaba de su respiración entrecortada, de sus sueños, de su lírica; del universo de sensaciones que desembocaban en sus páginas, de los recuerdos, del mismo Lezama, de su relación con su esposa María Luisa.

Pero el instante inevitable llegaría motivado definitivamente por su temor a ser atendido oportunamente. Su padre, que había muerto de una “tonta” pulmonía, sentenciaba a su hijo a caer por la misma “tontería” en el hospital Calixto García.

Roberto Fernández Retamar nos describe aquellos momentos en su vívido testimonio sobre el poeta: “A pocas horas de morir, al anochecer, hablé con él por última vez. Me confesó que se sentía mejor, y hasta halló ánimo para bromear conmigo: Cuando creían que había descendido a la mansión de Hades, me encuentran en Guanabacoa, bailando una rumba”.

Ninguno de sus amigos podía creerlo. Había muerto el poeta que hizo de la belleza el sostén de su literatura, y con tanta fuerza pujó que terminó sosteniendo su mundo. Fue un entierro modesto, pero lleno de personalidades. Allí estuvieron sus amigos de siempre: Eliseo, Cintio, Ambrosio, Fina, Bella; Portocarrero, que lloraba como un niño…

Cintio Vitier dio la despedida con palabras que escribió el poeta para su ángel de la jiribilla: “Ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee. Realízate, cúmplete. Sé anterior a la muerte”.

Concluía el mundo de Lezama. Pero él quedaba entre nosotros, pues su obra permaneció inevitablemente ligada a las letras cubanas.

La Isla entera se conmovió por su pérdida. Cuando María Luisa, su esposa, regresó del cementerio, introdujo la llave en la cerradura y empujó la puerta para entrar, la puerta, simplemente, se vino abajo.

Ya había partido el poeta.

 

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