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8 Jul 2015
Para proteger las ciudades de La Habana y Santiago de Cuba de las frecuentes incursiones de corsarios y piratas, a mediados del siglo XVII los colonialistas españoles dispusieron la construcción de dos fortalezas, consideradas entonces como inexpugnables, aunque la realidad fue otra.
Ambas fueron concebidas y erigidas con estructuras similares, a la entrada de las respectivas bahías, por el ingeniero militar italiano Juan Bautista Antonelli.
Cada vez era mayor la importancia geográfica que la Isla representaba para el comercio y la navegación, y los dos enclaves tenían el propósito de hacer desistir a los enemigos de la metrópoli de sus planes de tomar esas plazas. Lo lograron solo parcialmente, como veremos después.
El primero de los Morros en levantarse fue el habanero, en 1630, en forma de polígono y asentado sobre rocas gigantes. Se le puso por nombre Castillo de los Tres Reyes. En 1845 se le dotó de un faro que emite dos destellos de luz cada 15 segundos, visibles a 33 millas náuticas.
Tres años más tarde emergió de las aguas santiagueras el Castillo de San Pedro de la Roca (nombre del gobernador hispano que ordenó su construcción), a 74 metros sobre el nivel del mar y con similar estructura que su gemelo capitalino.
Muchas historias atesoran esos bastiones militares, en cuyos calabozos y galeras fueron confinados y ejecutados numerosos luchadores contra el colonialismo.
Esos muros y túneles son testigos también de decenas de fuertes combates contra naves enemigas de la Corona, las que trataban de apoderarse de ellos para desde allí invadir a las dos importantes ciudades.
Santiago de Cuba resultó inconquistable, pero La Habana capituló en 1762 ante el poderío naval inglés.
A pesar de los siglos transcurridos, dichos castillos, declarados por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, permanecen atentos y vigilantes y constituyen hoy día atractivos centros de visita turística a su entorno y a los museos históricos allí abiertos.
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