Otro prendado resultó el rey Eduardo VI, del cual se llegó a comentar que cuando Carolina pedía una entrevista a solas con él, dejaba Londres a toda prisa y viajaba de incógnito al lugar de la cita.
De hecho, una verdadera legión de rendidos admiradores la seguía a diario, impresionados por su singular belleza, de apariencia gitana, aunque ella aseguraba ser gallega.
La bailarina española
Nuestro José Martí se inspiró en el arte de la Bella Otero,para escribir el poema “La bailarina española”, en cuyos versos relata su impresión de la joven, sin abandonar su condición patriótica:
”Han hecho bien en quitar/ El banderín de la acera;/Porque si está la bandera/No sé, yo no puedo entrar/.Ya llega la bailarina:/ Soberbia y pálida llega:/¿Cómo dicen que es gallega?/ Pues dicen mal: es divina./Lleva un sombrero torero/ Y una capa carmesí:/¡Lo mismo que un alelí/Que se pusiese un sombrero!/ “
Martí reconoce, sin lugar a duda, el talento de la joven diva que le arrancó aquellas conmovedoras líneas, consciente de que el arte puede convertirse en puente para hermanar a los pueblos.
La nueva centuria
A inicios del siglo XX, la Otero triunfó nuevamente en los teatros parisinos y su fortuna se calculaba en unos 16 millones de dólares, cifra exorbitante para la época, que gastaba a manos llenas con la compra de joyas y vestidos, para lucirlos en sus noches de diversión en el Casino de Montecarlo.
En 1922, con 54 años, se retiró de los escenarios y se fue a vivir en la ciudad francesa de Niza, en la costa del Mediterráneo, quizá con el ansia de estar más cerca del casino mencionado, donde con mucha frecuencia trataba de probar suerte, enviciada con el juego que la llevó a la ruina. Dicen que una noche la célebre vedette perdió 30 millones de francos oro en la ruleta.
Pero tuvo larga vida. Pobre, luego de llevar un modo de vida suntuosa y desordenada, murió a la avanzada edad de 97 años, el 10 de abril de 1965. Hasta sus últimos días conservó toda su lucidez y seguía tan presumida como tiempo atrás, cuando implantó la moda de depilarse las cejas, que la hizo célebre a principios del siglo XX; rápidamente fue imitada por miles de mujeres en todo el orbe.


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