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Más que por juntarnos con frecuencia, la afinidad nos viene, a Padura y a mí, por la concomitancia de nuestros barrios natales, Mantilla y Fraternidad, sitos al sur de la capital cubana; porque somos del género de hombres, los periodistas, que se dan a sí mismos; y porque reverenciamos la dignidad de escritor y entendemos el oficio no cual simple divertimento, sino como un diálogo con la realidad.
Nacidos Padura en 1955 y yo en 1957, ambos vivimos los mismos avatares de la Cuba presente; pero nadie crea que le emulo: me faltarían talento y constancia. En las últimas décadas fue uno de los profesionales en los que me miré, por los que sentí aprecio, de los que me habría gustado escuchar una crítica: esta es, pues, la crónica del unicornio/pájaro que tira a la escopeta.
El viaje más largo
Mi primera entrevista con él se tituló “El Conde contra Sherlock Holmes”. La publiqué en una Somos Jóvenes fantasma, editada en formato tabloide a fines de 1994, en los tiempos fieros del período especial.
Ya entonces Padura proclamaba que debía estar muy solo para escribir, pero que luego desconectaba con sus vecinos o corría a los cines de La Víbora. “¡Los cines de La Víbora!, ¿quién se acuerda?”, exclama con añoranza16 años después.
La forma de hablar y pensar de los cubanos, salir a la calle, tomar un café o fumar un cigarro, sigue condicionándolo como ser humano. Crecer y escribir en Mantilla es su signo, más convicción que realidad: “En 50 años el barrio se desfiguró.”
A la sazón no solo circulaban sus ensayos “Con la espada y con la pluma: comentarios al Inca Garcilaso” (1984),” Colón, Carpentier, la mano, el arpa y la sombra (1987)” y “Lo real maravilloso: creación y realidad” (1989), sino también su libro de cuentos “Según pasan los años” (1989).
Asimismo, habían salido sus novelas “Fiebre de caballos” (1988), “Pasado perfecto” (1991) y “Vientos de cuaresma” (1994). “En mi caso, la relación vida-obra es muy directa. Mis personajes se parecen a mí, hay un nexo autobiográfico que logra su clímax en el Andrés de ‘Fiebre de caballos’”, dijo entonces y repite hoy
.
Debo decir, por más señas, que ahí mismo estaban llegando su cuarto libro de ensayos, “Un camino de medio siglo: Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso”, remate de la beca del premio Razón de Ser que obtuviera en 1989, y “El viaje más largo” (1994), suma de buena parte de los grandes reportajes que publicara, entre 1984 y 1988, en Juventud Rebelde dominical.
Traigo en la mente “El romance de Angerona”, sobre el cafetal más rico de Cuba; “Una cacería de fantasmas”, relativo al castillo de Averhoff , y “Yarini, el Rey”, referente al famoso proxeneta habanero.
La novela de la Revolución
Antes de Juventud Rebelde, había trabajado en el Caimán Barbudo. Obtuvo en 1988 el premio de la revista con” Novela policial y novela de la Revolución”; el cuaderno no se publicó. Una obra suya posterior, “Modernidad, postmodernidad y novela policial” (2000), llenó el vacío. Señala a 1989 como un año crucial en su vida.
“El mundo se transfiguró, y ni siquiera el país siguió siendo igual después que se supo la historia del narcotráfico. Los cambios implicaron para mí una nueva mirada al entorno. Cerré la etapa de mucho periodismo y aprendizajes narrativos y ensayísticos. Acepté la jefatura de redacción de La Gaceta de Cuba, función que cumplí durante cinco años, y me adentré en ‘Las cuatro estaciones’”.
Sí, en aquel momento ya había publicado “Pasado perfecto”, radiografía de cómo surge un arribista político, y “Vientos de cuaresma”, rastreo de las grietas de la educación preuniversitaria. Entonces “Máscaras” (1997) era solo un proyecto, enfilado a la doble moral, y aún no se hacía una idea sobre la que sería la cuarta novela, “Paisaje de otoño” (1998).
Nadie hubiese predicho que la tetralogía devendría la actual serie del detective Mario Conde, conjunto de seis obras donde, a más de las aludidas, figuran “Adiós, Hemingway” (2001) y “La neblina del ayer” (2005).
“Los hechos que mueven mis argumentos no se atienen a la delincuencia común. El oficial de investigaciones, Mario Conde, que en “La neblina…” ya es ex teniente y está alejado de la policía, no es un héroe positivo, sino un tipo indeciso, triste, que toma conciencia de que trata con ladrones y asesinos, y de que a fuerza de tanto trabajar con mierda cualquiera termina oliendo a mierda.
“El lector intuye de entrada quién es el culpable —¡qué más da! —, lo que importa es saber que hay gente capaz de tales felonías. Los libros son falsos policíacos; tratan de mantener un lenguaje coloquial desde la perspectiva de El Conde, visión literaria si se tiene en cuenta que el caballero soñó con ser escritor”.
La serie está escrita en la Isla. Sus asuntos transcurren en los últimos 50 años; se integra por derecho propio en la novela de la Revolución. Lo mismo sucede con otros dos hitos en la producción artística de Leonardo Padura: “La novela de mi vida” (2001), y “El hombre que amaba a los perros” (2009).
Una obra arquitectónica
Se ha dicho que La novela de mi vida es una de las más complejas que haya intentado redactar un escritor del patio. En la obra, Fernando Terry, un emigrado cubano en España, regresa al terruño ante la posibilidad de que aparezcan unos papeles del poeta J. M. Heredia sobre los cuales no se sabe si en verdad existieron. Las historias mezcladas del poeta, de su hijo y de Terry son la excusa para hurgar en la formación de la identidad nacional.
“No quería escribir una biografía de Heredia, sino situarlo en el presente; proyectar su vida, el momento fundacional de la cultura y la espiritualidad cubanas vivido por él, sobre la crisis actual”.
Mención aparte merece “El hombre que amaba a los perros”, ejercicio de rescate, entre la realidad verificable y la ficción, de las “varias vidas” no solo del agente español Ramón Mercader del Río, asesino del revolucionario ruso León Trotski, sino del propio Trotski y de otros muchos personajes reales que aparecen en el relato.
“La biografía de Mercader me llevó a componer la novela. La interrogación que representaba el personaje suponía un desafío para cualquier escritor. El tipo está en el centro de la historia, determinando sus cursos, pero a la vez es un hombre sin historia.
“El misterio sobre lo que había ocurrido con él, quién era, cómo llegó a Trotski y cómo o por qué vino a vivir a Cuba en 1974, para morir aquí en 1978, todo eso me atrajo poderosamente”.
En septiembre de 2009, en ocasión de su edición en Tusquets Editores España ante un público que abarrotó la sala Manuel Galich de la Casa de Las Américas, en La Habana, Padura dio detalles de la estructura de la obra. “Son tres novelas en una, y el reto es que logren armonía. La primera línea arranca del exilio de Trotski, desde que recibe la noticia de que debe abandonar la URSS, e incluye su peregrinación por Turquía, Francia, Noruega y México.
“Una segunda línea cuenta la vida de Ramón Mercader, desde su juventud hasta su muerte. Consta de dos partes: una que finaliza cuando asesina a Trotski en México, y otra, en forma de epílogo, que transcurre en el Moscú de 1968.
Unicornis humilis
“La tercera acontece en Cuba: el joven Iván se topa en las Playas del Este con Jaime Ramón López, un señor que está paseando a dos galgos rusos. Iván no puede imaginar que conversa con un asesino, y menos con el asesino de Trotski. Así empiezan a hablar, hasta que Jaime, que se sabe enfermo de muerte, le participa al joven la historia de un amigo llamado Mercader, así le dice, porque se va a perder y merece que alguien la conozca”.
En una nota del libro Leonardo explicita: “Quise utilizar la historia del asesinato para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX… Por eso me atuve a los episodios y la cronología de la vida de Trotski en los años en que fue deportado, acosado y asesinado, y traté de rescatar lo que conocemos de la vida o las vidas de Mercader, construida(s) en buena parte sobre el filo de la especulación a partir de lo verificable y de lo histórica y contextualmente posible”.
El Padura que va conmigo también es autor de un segundo libro de relatos,” La puerta de Alcalá y otras cacerías” (1997); de una antología del cuento cubano, “El submarino amarillo” (1993), y de otras dos obras periodísticas:” El alma en el terreno” (1989, en coautoría con R. Arce), sobre leyendas de nuestro béisbol, y “Los rostros de la salsa” (1997), compendio de entrevistas.
Con todo, piensa que la novelística insular se vio obligada a hacer el rol que el periodismo ha sido incapaz de desempeñar: “Por eso se llenó (la narrativa) de balseros, prostitutas, corruptos y violentos. Cualquiera en el futuro, para entender lo que ha pasado en Cuba, hallará en la literatura una percepción más cercana a la realidad que en el periodismo”.
Así escuché con gusto de Padura un juicio sobre mi trabajo: no puede el unicornio/pájaro tirar a la escopeta sin tener la gracia de aceptar la crítica, o, al menos, de dudar de sí cuando le corrijan.
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