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Cuba joven

Parrandas de Chambas
Gavilanes con espuela y Gallos que vuelan alto (Final)

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28 Ago 2016

 

 

“Yo sé que el año que viene debo hacer algo relacionado con la cultura egipcia”, comenta Ariel González Escalante, proyectista y director artístico del Gallo. “La de 2016 se llama Acuarela de Brasil, y quisimos dedicársela a ese país, a propósito de las olimpiadas.” Su aclaración es casi redundante, porque basta el enorme Cristo, como el del Corcovado que domina la ciudad de Río de Janeiro, para entender de qué va la creación.

Si ambos barrios quisieran ser completamente originales deberían desembolsar mucho más que los 50 000.00 pesos que cuesta hoy, solo en concepto de salarios, una carroza. Ariel calcula, a ojo de buen cubero, que, además de esa cifra, su Acuarela de Brasil gastó otros 30 mil pesos, tomando en consideración algunos recursos que no suministraron las autoridades locales en Chambas y que los propios vecinos compraron con su dinero.

A Caibarién, que se ha hecho con el “monopolio” de los vestuarios no se le puede pedir exclusividades, a menos que, por encima del alquiler, se entreguen materiales o su equivalente en dinero. Las luces hacen el recorrido de ida y vuelta desde Zulueta. Es un toma y daca que, en buena lid, ha mantenido viva la tradición, después de que varias de estas localidades perdieran la capacidad de autogestionar la festividad.

Solo la pirotecnia es 100 por ciento chambera, pero, ¡viva la ironía!, las de este municipio de Ciego de Ávila son las parrandas con menos fuegos de toda la región central del país. Así lo aseguran en carta colectiva enviada a Invasor parranderos de ambos barrios, porque a la hora de defender su festejo, a los gavilanes les crecen espuelas y a los gallos les da por volar alto.

Mirando cómo la bengala sube al cielo y estalla en diminutas lucecitas, Arturo parece pedir un deseo cuando dice: “Lo que hace falta es que haya más voladores”.

El grupo de pirotecnia de Chambas es uno de los dos en el país y tiene la capacidad de producir fuegos todo el año. De hecho, lo hace, y es aquí donde compran los parranderos de Vueltas, Camajuaní, Zaza del Medio. La estructura organizativa y económica en esas localidades les permite contar con suficiente capital como para “alumbrar” las noches villaclareñas.

“¿Cómo es posible que trabajen todo el año, ingresando cientos de miles de pesos y que ese dinero no se pueda utilizar para financiar la parranda por un problema de mecanismos?”, se preguntan los remitentes de la misiva, a lo que agregaría una interrogante más simple: ¿Qué le impide a Chambas copiar la manera en que se organiza y ejecuta la festividad en Villa Clara, a todas luces con mayores eficiencia y aceptación entre protagonistas y la población? Si un momento parece propicio para cambiar viejos modos es este, en el que la descentralización de algunas actividades persigue aligerar el trabajo de los gobiernos locales.

A fin de cuentas, lo que está en juego no es, únicamente, la cantidad de clavos, los galones de pintura o los metros cúbicos de madera, sino la felicidad de la señora que va y toca la carroza, con los ojos húmedos, y una frase elocuente se le escapa: ¡qué cosa más linda, por Dios!

Está en juego la felicidad de Arturo y los muchachos que, al menos una vez al año, iluminan el cielo y ensordecen al gentío, aun a riesgo de quedar marcados para toda la vida, como si nacer gallo o gavilán no fuera marca suficiente.

 

 

(Tomado de www.invasor.cu)

 

 

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