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Arte

Irakere
Genialidad y virtuosismo a golpe de tambor
Hace tres décadas no pasaban de un atrevido sueño de juventud. Hoy día Irakere se inscribe entre los clásicos del universo sonoro de la Isla. En su trayecto formó artistas de talla extra y definió los derroteros de la música popular cubana contemporánea

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16 Sep 2016

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(Publicado en 2008)

 

Insólita explosión musical. Sonido ambiental proyectado con modernísima irreverencia. Promiscuo coctel donde dialogan agresivamente lo clásico y lo popular, lo cubano y lo universal. Changó extasiado con la sinfonía de los violines y Mozart enfebrecido con la cadencia de los tambores batá. Todo ello condimentado con una sugestiva atmósfera electroacústica.

Retengamos la imagen en nuestra mente y quizá podamos respirar por unos segundos el inconfundible aroma de Irakere; una orquesta que llevó la experimentación y el riesgo artístico a niveles insospechados.

Aunque tal vez los excesos de esta pluma no sean suficientes.

Hacia 1977, Chucho Valdés, su principal artífice, describía sin grandilocuencia este proyecto en el número inicial de Somos Jóvenes:

”Este grupo es un laboratorio musical (…), pretendemos crear una música nueva, fresca, para jóvenes, donde en el lugar protagónico estén siempre presentes nuestros ritmos afrocubanos”.

Lejos estaban de imaginar que en apenas dos años traerían a casa el primer Grammy otorgado a una agrupación cubana. Sin embargo, para ese entonces, el camino del éxito recién comenzaba.

En los albores del siglo XXI ya contaban con una sólida discografía, eran conocidos en las principales plazas del jazz mundial; habían impulsado la carrera de genuinos valores de la música insular, de la talla de César López, Orlando Valle (Maraca) y José Luis Cortés, y por si fuera poco, algunos de sus temas, como “Bacalao con pan”, figuraban entre los referentes obligados de la muy actual timba cubana.

Espacio para el lucimiento de figuras fuera de serie como el baterista Enrique Plá, el guitarrista Carlos Emilio Morales o el percusionista Oscar Valdés, detrás de Irakere latía el espíritu de búsqueda, el pulso creativo de Chucho, uno de los imprescindibles de la música en la isla mayor de las Antillas.
 

 

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