La psicóloga Elaine Morales Chuco, especialista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, en conversación con Somos Jóvenes explicó que entre los primeros rasgos expuestos por la situación de los adolescentes y jóvenes en este contexto, aparecieron con gran fuerza el desempleo, la desvinculación del estudio, las conductas delictivas y la migración en busca de mayores y mejores oportunidades.
“La disminución o desaparición de las posibilidades de acceso a los espacios formales —señaló la experta—, entre los cuales destacan los puestos de trabajo, los centros educacionales y recreativos auspiciados por el Estado, proporcionaron el paso a la formación sociocultural de muchos jóvenes en el mundo de la calle, lo que a su vez condujo al cierre de un círculo vicioso que como resultado, solo les aportó dificultades superiores.
“A la par, la situación desmembró la articulación, hasta ahora existente, entre la educación y las condiciones laborales; es decir, la variable instrucción-ocupación-ingresos se disipó, porque florecieron propuestas de trabajo que no requerían de una elevada calificación, pero sí ofrecían atrayentes retribuciones.
“Vale agregar que esta combinación de elementos repercutió individual y colectivamente en la visión e interpretación de la realidad, y muchos no dudaron en asumir nuevas estrategias en aras de solucionar las inaplazables demandas económicas cotidianas.
“Así, numerosos cubanos aprendieron a vivir en la inmediatez, la incertidumbre y con muy pocas probabilidades de elaborar proyectos sólidos de vida.
“Igualmente, las aspiraciones de bienestar material, en muchos casos no pudieron seguir siendo satisfechas mediante los mecanismos antes reconocidos (estudio-empleo-salario), por lo que una parte promovidas formalmente o aquellas informales y hasta ilegales, entre las que se encuentran las actividades de la economía sumergida y todas las productoras de ingresos y bienestar inmediato, sin importar siquiera que estuvieran asociadas a la prostitución, el proxenetismo, la mendicidad, la drogadicción o el delito.
“Otras peculiaridades devaluadas y estigmatizadas hasta entonces, como la desvinculación al estudio y al trabajo, las fechorías u otros comportamientos semejantes, poco a poco fueron dejando de recibir todo el rechazo que merecen, y en algunos grupos sociales fueron albergando hasta cierta aprobación que las legitimó, mientras se desafiaban las normas de convivencia presentes en otras épocas”, agregó Elaine, autora del trabajo “Adolescencia, juventud y marginación. Un análisis en Cuba”.
Me cansé de andar sin dinero
Buscar alternativas en aras de solventar las necesidades económicas se convirtió en preocupación esencial, que comenzó a ocupar un lugar primordial en la cotidianidad cubana desde iniciada la crisis.
En medio de esas condiciones, no pocos jóvenes asumieron la estrategia de emigrar hacia las capitales provinciales, del país y al exterior; aumentó la selectividad del empleo y el no ejercer el trabajo para el cual cursaron estudios o cambiarlo por otro capaz de garantizar mayor remuneración y mejores condiciones, en detrimento de las motivaciones personales.
Surgieron, igualmente, numerosas variantes productivas o de servicios informales que propiciaron miradas aceptables, gracias a los ingresos.
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