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“No hay buenas ni malas palabras, todo depende del contexto. Aquí una palabra que es correcta, en otro país hispano-hablante resulta obscena. Un ejemplo es el verbo coger, que en Cuba no tiene ninguna connotación negativa, pero en México o Chile es malsonante”.
La función de la lingüística en cada espacio se centra en estudiar esa forma de expresarse del pueblo, investigar y establecer patrones. ¿Cuáles son las reglas que evidencian que una persona es culta?
“Es el modelo que debemos seguir, aunque el habla popular siempre influirá en la culta. Ahora, no quiere decir que el habla popular se deje influir excesivamente por la vulgar, o por el español marginal o delincuencial, son diferentes niveles”.
Si la norma culta del español en Cuba establece que se diferencie la L de la R en el habla —patrones básicos del lenguaje—, resulta preocupante que hasta por televisión no se pronuncie como es debido, y es un fenómeno que se está generalizando.
De gran impacto, la lingüística permite conocer qué es lo que estamos hablando, quiénes somos desde el punto de vista idiomático y hacia dónde va nuestra lengua o cómo evitar desviaciones que suceden en todos los idiomas.
Una lengua nacional no es un fenómeno homogéneo, tiene niveles y estilos funcionales.
“Las lenguas son cuerpos vivos, están en constante movimiento. Si usted lee el poema ‘Al partir’, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ella escribe: ‘la chusma diligente’, palabra que en el siglo XIX significaba grupo de personas. Sin embargo, en el siglo pasado (siglo XX) ha tomado otra connotación.
“Se habla también del latín vulgar, que procede de vulgo, pueblo. Hoy decir latín vulgar a los no especialistas suena un poco raro, pero es que vulgo en latín significaba ‘pueblo’, o sea, ‘el latín de pueblo’, mientras que hoy vulgar tiene una connotación peyorativa”.
Como toda sociedad, la lengua es sumamente complicada. El problema es que cada individuo debe saber en qué contexto utilizar tal o más cual registro.
“Por eso, en una conferencia, trato de cuidar mucho mi forma de expresión, más que cuando hablo con un amigo, porque ahí estoy en un nivel popular”.
¿Es consecuencia del proceso revolucionario?
“No puede aseverarse tal cosa. Es indiscutible que el proceso revolucionario ha influido en nuestro idioma. Hubo un cambio social muy violento y profundo. Se crearon nuevas instituciones y palabras, como por ejemplo cederista, que proviene de CDR, siglas de los Comités de Defensa de la Revolución.
“Son procesos evolutivos que responden a situaciones políticas: Señor y señora cayeron en desuso, se impusieron compañero y compañera, y ahora el tío, que estuvo de moda en los años 50, pero que me molesta mucho.
“En fin, la lengua cambia acorde con las transformaciones sociales. Subsiste, además, una serie de modelos que no tiene nada que ver con los problemas políticos, sino con determinadas formas correctas o incorrectas de comportamiento social, lo que se refleja en el decir de una sociedad. El lenguaje es su mejor termómetro, y estudiarlo nos permite entrever muchos problemas de diversa índole, no solo culturales”.
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