”Me gustaba cantidad, pero algo pasó conmigo y con quince años, empiezo a beber. Ahí se me enredó la vida. Dejé los deportes, porque era un problema tras otro. Me volví un conflictivo.
”Mi gran dolor vino cuando terminó mi relación de pareja. Simplemente, toqué fondo. Cuando analicé adónde había caído, y a las personas que perdí en el camino, pedí ayuda. Tenía la voluntad para dejar esa vida atrás, pero solo, me era imposible.
”Poco a poco salí. Gracias a la rehabilitación me fui desintoxicando. Y precisamente un día estaba en el Malecón disfrutando de sentirme mejor y escuché sobre la convocatoria para aspirantes a salvavidas.
”Yo no había perdido del todo mi tiempo porque tuve buena crianza y la mano de mi familia que, a pesar de mis dificultades y comportamiento, me acompañó y trató de enderezarme el rumbo. Gracias a ellos me gradué como especialista de Cocina A y B, lunchero y técnico de nivel medio en Elaboración y Preparación de Alimentos. Sin embargo, yo sentía que mi camino era otro. Y justo sentado frente al mar, me llegó la oportunidad”.
Héroe en entrenamiento
El rescatismo constituye una labor de jornadas ininterrumpidas, pues el mar, sus cambios de humor y la negligencia humana en islas como Cuba parecen ir de la mano.
Lamentablemente, y por insólito que parezca, esta ha sido una profesión de poca presencia. Durante mucho tiempo, solo los clubes y playas privadas contaban con personal apto para estas funciones. La formación de salvavidas adquiere mayor relevancia y apertura a partir de 1961 debido al incremento de áreas de recreación para la familia cubana y del turismo.
Cuba, con su eterno verano, precisaba la intención gubernamental de proteger las vidas humanas en campismos, piscinas, playas y círculos sociales. Por demás, para dedicarse al salvamento de manera profesional son insuficientes los deseos de los candidatos. Puedes anhelarlo, pero las habilidades físicas tienen la última palabra.
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