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(Publicado en 2008)
Dicen que una palabra dicha con humildad, vale más que mil explicaciones. Humildad es dejar hacer y dejar ser. Eliminar en esa búsqueda del sí mismo ideal la molesta arrogancia de sentirse único e infalible, esa piedra que nos siembra el “Yo y lo Mío”, el sentido de posesividad de un rol, de una actividad, de un objeto o hasta de una persona.
Paradójicamente, esta conciencia egoísta muchas veces le hace perder a uno aquello de lo que quiere agarrarse y nos priva de lo más significativo, lo que debió ser primordial: los valores universales que dan valor y sentido a la vida.
La humildad elimina la visión restringida que crean los límites físicos, intelectuales y emocionales. Estas limitaciones destruyen la autoestima y levantan muros de arrogancia y de orgullo que distancian a las personas.
Detrás de todo ser altanero hay un ser indefenso recubierto por las más gruesas defensas sicológicas
.
La humildad es la que actúa suavemente en las fisuras, permitiendo así el acercamiento.
Todo el mundo “hace una reverencia” ante una persona que posee la virtud de la humildad. Algunos afirman que el signo de la grandeza está marcado por ella, pues es la que permite a la persona ser digna de confianza, flexible y adaptable.
En la medida en que uno se vuelve humilde, adquiere grandeza en el corazón de los demás. Quien sea la personificación de esta virtud hará el esfuerzo de escuchar y aceptar a los demás. Cuanto más los acepte, más se le valorará y más se le escuchará.


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