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En una esquina, tres mujeres meriendan con una bolsa de “pelly” y latas con refresco de cola. La cosa no tendría mayor trascendencia ni le importaría a nadie si no fuera porque son las nueve de la mañana, la “esquina” forma parte del mostrador de una farmacia y solo quedó despachando un empleado mientras un cartel “se ríe” de nosotros en tanto proclama que los clientes “son lo más importante”…
Unas cuadras más allá, la portera de una “shopping” repite con fingida inocencia a la cajera la pregunta de un cliente ante la cola que les obligan a hacer aunque la tienda está prácticamente vacía, a lo que la última replica casi malvadamente: “si no le gusta, que se vaya pa’ otro lugar”, en tanto olvida disculparse frente a la mujer que atiende, porque deberá llevarse el picadillo congelado en la mano, pues no tienen bolsas…
Lo más seguro es que todas estas personas exijan un buen trato cuando acuden a cualquier centro de servicios, sea la Oficoda o la consulta del médico de la familia, sin tener en cuenta que todos y todas somos, alternativamente, trabajadores o clientes, y necesitamos que nos atiendan bien.
Flaco favor nos hacemos nosotros mismos cuando adoptamos estos modos en el trabajo y, sobre todo, cuando los dejamos pasar como si tal cosa. Será por eso que la cajera se quedó muda ante la actitud de la señora que ella atendía, quien con toda calma le señaló los problemas de una tienda que no puede completar su trabajo al no disponer de un envoltorio y le reiteró lo que debieron enseñarle en la escuela: El cliente no tiene que pagar por su ineficiencia.


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